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Asociatividad, ¿salvavidas del sector

panificador colombiano?

 

En medio de la explosión de tratados de libre comercio y de la incertidumbre por la situación de la economía mundial, las asociaciones parecen ser una gran herramienta de crecimiento y competitividad para quienes hacen pequeña o mediana empresa.

De este tema hablaron recientemente expertos en la materia del sector panificador, uno de los más sobresalientes en materia de empresa familiar en Colombia, en desarrollo del VI Encuentro Nacional de Panificadores.

Y es que el sector de la panificación en Colombia, tradicionalmente, ha ofrecido un camino alterno ante crisis económicas.

Sin embargo, ante la vigencia de los TLC que vienen para el país, expertos convergen en que la asociación debe constituirse como la regla para lograr competitividad en el mercado.

En términos teóricos, la asociación se define como la reunión de organizaciones de carácter privado que, basadas en acuerdos voluntarios y libres entre empresas y empresarios, se apoyan recíprocamente y promueven logros para un sector determinado en un territorio determinado.

Cifras del sector panificador colombiano dan cuenta que en el país hay cerca de 27.000 panaderías formalmente constituidas.

De ellas, el 25 por ciento (6.974) están en Bogotá; el 8 por ciento (2.165) están en Cali, el 5,6 por ciento (1.532), en Medellín; el 2 por ciento (565) se concentran en Barranquilla; el 1,7 por ciento (466), en Bucaramanga.

No obstante, ha habido un desarrollo cultural familiar alrededor de la creación de panaderías. El número de negocios que nacen en la propia vivienda y que no están formalizados es bastante grande. Así las cosas, la densidad poblacional en este tipo de empresa es la que marca la pauta.

Al no estar formalmente constituidas, hay un grueso indeterminado de estas pequeñas empresas de índole familiar que no aportan ninguna clase de impuestos al PIB del país. El sector panificador del país genera 300 mil empleos directos y cerca de 800 mil indirectos.

Desde el punto de vista nutricional, en Colombia no existe la concepción de nutrirse con el pan, sino más bien como un producto que ‘llena’. Además, resulta de fácil adquisición.

Pese que el consumo de pan ha aumentado en Colombia, este está muy por debajo de los indicadores que muestra América Latina en ese sentido.

En efecto, según la ANDI, mientras que Colombia tiene el menor consumo per cápita de Latinoamérica con un consumo de 23 Kg al año por persona, el consumo de Venezuela es de 30 kg; de Argentina, 73 kg y de Chile, 98 Kg.

“La única forma de poder enfrentar en una economía de capitales y abierta los procesos de producción es a través de la asociatividad. Un pequeño productor, con balances económicos limitados, no podrá competir ‘mano a mano’ contra un gran productor internacional”, opina Wolfang La Torre, coordinador académico de industrias alimentarias de hotelería del SENA.

La cuestión es que en Colombia –tradicionalmente– se ha encontrado en el negocio de la panadería una salida económica a las dificultades laborales, hecho que como alternativa se enmarca habitualmente en la informalidad. Y claro es que “la única manera de entrar a generar empleo y riqueza local es haciendo empresa, y para ser competitivo es formalizarse y estar inmerso en un modelo asociativo”, puntualiza La Torre.

El caso España

En medio de su onda crisis económica, el sector panificador de España le apuesta al modelo asociativo.

Así lo sostiene Vicente Martínez, secretario general del Gremio de Panaderos de Valencia, que alberga 52 colectivos provinciales (equivalente a los departamentos colombianos) y 12 mil panaderos. Según él, son múltiples las ventajas que ha encontrado el sector, el cual tiene características similares al colombiano.

Como sucede en Colombia, el 98 por ciento está compuesto por empresas de índole familiar. El sector panificador en España es la tercera parte del sector agroalimentario del país, y la panadería es casi el único negocio en las zonas rurales.

Las cifras revelan que en la tierra de las tartas existen 164.200 puntos de venta de pan. 52.700 son propiedad del panadero. Los restantes, 111.500, son puntos de venta que compran el producto y lo comercializan. Hay 15.000 fábricas.

La media de trabajadores es de ocho aproximadamente, seis de los cuales están vinculados con la elaboración y dos, con las ventas.

La panificación es el subsector de la industria alimentaria que más recurso humano emplea (26 por ciento), mueve al año 4,9 millones de Euros en ventas, más de 11.200 millones de pesos, y el consumo de pan representa cerca del 6,5 por ciento de la canasta familiar.

Con impresionantes niveles de desempleo y muchos jóvenes españoles dispuestos a hacer empresa (dos de cada diez jóvenes españoles desearía emprender su propio negocio), el consumo en España ha disminuido y el sector ha encontrado principalmente tres presiones del entorno.

Primero, mayores exigencias legales (incluyen las de sanidad) y contributivas por el Estado, sectores sindicales que buscan reivindicarse cada vez más laboralmente y por último la competencia desleal. De igual forma, los pequeños negocios (panaderías) están librando complejas batallas con las autoridades de sanidad. Cuando no tienen la representatividad suficiente son negocios vulnerables a cierres o multas, hecho que influye en su crecimiento.

En ese contexto, dice Martínez, cobra más vigencia que nunca la frase: ‘la unión hace la fuerza”.

Y es que los negocios que actúan con carácter independiente, por su naturaleza familiar y tamaño, se ven cada vez más enfrentados a dichas presiones y a los elevados costos que supone enfrentarlas.

Frente a todo tipo de asesoramiento, legal, fiscal, tributario, laboral, contable y financiero, y de subvenciones y ayudas, el modelo asociativo permite que aquellas micro, pequeñas y medianas empresas ahorren hasta el 40 por ciento en gastos. Muchas de ellas no podrían asumir los costos de manera individual, por lo que optan por la informalidad y caen en el riesgo de no ser empresas competitivas.

En el caso de los estudios, que son base para crear nuevas dinámicas en cualquier organización, las asociaciones también los financian.

Otro de los beneficios creados por la asociación es el de consolidar la imagen y reputación del gremio dentro de marcos políticos. Centros de formación especializada y publicaciones propias del sector le han dado mayor poder de negociación frente a políticas estatales.

La asociación, concluye Martínez, debe girar en torno a dos dimensiones. Una, que es la del liderazgo, que debe estar en cabeza de los empresarios, y la segunda, la de la gestión, en cabeza de los profesionales y técnicos de las asociaciones.

En concepto de Vicente Martínez, mientras que los ejecutivos deben llevar el rumbo político de la asociación, marcando las líneas estratégicas y debatiendo los temas del sector, los profesionales y técnicos son los que pueden prestar la cualificación y el tiempo que el empresario debe prestar a su propia empresa, no a la asociación.



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