Sergio fajardo
 
 
 
 
 

Escalando un sueño

Nelson Cardona es el primer colombiano en alcanzar el pico del Everest, la montaña más alta del mundo, con el uso de una prótesis. Un ejemplo de superación y convicción por las metas.

El grupo de gringos quería dejar la montaña. No quería saber más de ella y con un rictus de horror en la cara y los ojos inyectados de lágrimas, quería botar los morrales y huir cuesta abajo.

“¡Mírenlo a él! Mírenlo bien para que sepan que algunos con más dificultades que ustedes van hasta el pico y no se quejan”, dijo el líder de un equipo estadounidense a su grupo, mientras señalaba a Nelson Cardona. Nelson descendía con su maltratada prótesis un par de horas después de haber alcanzado el pico de la montaña más alta del mundo: el Everest.

Aquella fotografía era el epílogo de una epopeya que el manizaleño Nelson Cardona había empezado seis años atrás, cuando, preparándose para escalar el pico más alto del Himalaya, estuvo coqueteando con la muerte y perdió su pierna derecha.

Aun así, con el sueño puesto a los 8.848 metros sobre el nivel del mar, Nelson superó todas las adversidades para convertirse no sólo en el primer colombiano “discapacitado” en alcanzar la mayor cima del mundo, sino en ejemplo de superación, convicción y realización.

Y el “discapacitado” es así, entre comillas. “La verdad es que no hay ciertas discapacidades en algunas personas. Simplemente, seres humanos con capacidades diferentes. Nada más”, indica Nelson, quien está convencido de que después del accidente que sufrió se puede pensar racionalmente que no hay imposibles. En las mismas circunstancias que él, un británico y un estadounidense también han alcanzado la cima del Everest.

Dice un viejo proverbio chino que sin importar qué tan largo sea el camino sólo hay que dar un primer paso. Nada más. Y Nelson lo hizo cuando cambió de mentalidad.

Unas semanas después de que le amputaron la pierna, cuando las circunstancias lo tenían avasallado y deprimido, sin ganas de entrenar en el gimnasio, “me apareció un ángel”, cuenta Nelson. Bajo el dintel de una puerta en el gimnasio apareció un niño de carita redonda y mejillas rosadas. El chiquillo no se levantaba a más de 75 centímetros del suelo y –como Nelson– tenía una prótesis. “No dijo ninguna palabra, pero me habló con su mirada triste”, narra Nelson ese instante tan inolvidable como estremecedor. Nelson, quien sabía que el pequeño lo increpaba –y con razón– tomó la prótesis, se la puso y sólo se puso como meta subir al Everest.

El primer reto fue subir una cuesta en Suesca (Cundinamarca). Con ayuda de las muletas “subí hasta la antena repetidora del pueblo y me preparé con mi flaca. Ella no molesta, no pide cuentas, sólo me acompaña”. Nelson se refiere a su bicicleta de color amarillo que sagradamente sacaba en las mañana para el ejercicio. Con ‘la flaca’ hipoteca las horas de disciplina en el páramo de Letras, el más difícil de Colombia para ascender en bicicleta –por encima de La Línea–, según los expertos en ciclismo.

Con esa recurrente testarudez que tienen los ganadores, Nelson inició en las laderas de Nepal el ascenso al Everest. Una campaña de dos meses en medio de campamentos, gélidos abismos y casi nada de oxígeno, y tiempo en el que perdió 9 kilos. “Algo delicado para mí –explica– porque tengo que mantener un peso regular para el buen funcionamiento de la prótesis”. Aquel peso perdido le desajustó la prótesis y la fricción le puso a sangrar copiosamente su muñón en el descenso, en el que no pocos han perdido la vida. Muchos cadáveres han quedado condenados a quedar en la montaña. “Un cuerpo congelado puede quedar con un peso de 200 kilos, y bajarlo es sencillamente imposible”, explica Nelson.

Hoy, más de dos años después de aquella gesta, Nelson tiene claro que aquel pequeño que un día se encontró en el gimnasio, y su familia, en particular su mamá y sus hijas, son los principales responsables de alcanzar su sueño y perseguir muchos más. A sus 49 años tiene pendiente algunas otras escaladas y exploraciones, una al polo sur, y una revancha con un pico, quizás más agreste que el propio Everest, que cobró la vida de cuatro alpinistas japoneses.

 

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