“It’s not we need ideas, but we need to stop having old ideas”.
Edwin Land, inventor de la cámara Polaroid.


Aprender a desaprender

Corría el año de 1928 cuando el estadounidense Edwin Land inventó la cámara Polaroid. Para entonces, Land lanzó una frase tan brillante como el resplandor de un flash: “No es que necesitemos nuevas ideas, sino que necesitamos dejar de tener viejas ideas”.

Han pasado más de 80 años desde aquella invención, 64 después de que Land descrestó al mundo con la primera instantánea, y su famosa frase parece seguir teniendo vigencia.

Así lo ve desde su lente el experto en educación y consultor del Banco Mundial, el economista marroquí Jamil Salmi, en desarrollo de múltiples reflexiones sobre los desafíos de las universidades –y en general de la educación– para el diseño del futuro.

En esencia, las reflexiones de Salmi, realizadas con la presencia de directivas y profesores del CESA, se centraron tanto en lo que posiblemente tendrá que hacerse en materia educativa para enfrentar los desafíos de la humanidad, como en el interrogante de qué tanto están preparadas las sociedades de países en desarrollo para crear las condiciones que den pie a lo que se necesite hacer. Y Salmi, como Land en su momento, concluye sin duda que para conseguirlo son muchos los paradigmas que hay que derribar si se pretenden dar pasos acertados. De hecho, los tan cotizados MBA como la panacea o la mejor de las alternativas para encarar el futuro son puestos en duda por Salmi, quien asegura que los desafíos se enfrentarán es con creatividad. Esta es la que pondrá la parada.

Por otra parte, el buen gobierno, uno que por encima de la destinación de recursos priorice políticas públicas coherentes y eficaces en favor de la equidad educativa, será clave en la aceleración de los nuevos conocimientos. “’No hay viento favorable para los que no saben a dónde ir’, dijo Séneca hace más de 2.000 años”, citó.

Salmi sugiere en principio una ‘fotografía’ de la educación del futuro matizada por innumerables grises: una sociedad –y su academia– completamente digitalizada con miles de estudiantes formándose on-line y en diversas carreras al mismo tiempo, un idioma inglés que deberá parecer nativo, la suma de talentos para el trabajo grupal, consejos directivos con edad promedio inferior a 20 años que reconozcan las auténticas necesidades de los universitarios, entre otros. “Probablemente habrá universidades de élite con 10 alumnos y universidades de masa con 60.000 estudiantes de 150 países haciendo sus cursos en línea”, señala.

No basta, opina este irremediable amante de los aforismos, con que los enfoques académicos para la creación de nuevos conocimientos sirvan para el desarrollo. Se requiere que tengan además el espíritu de ser herramientas para la solución de problemas cotidianos: purificar el agua para el consumo, para ser bebida; facilitar su conducción –como si se tratara de un juego– a donde jamás llega, diseñar prótesis accesibles y prácticas –por ejemplo– para víctimas de minas antipersonas; etcétera. Aquí, agrega el experto, el diseño jugará un papel preponderante como ventaja comparativa.

La solución de los problemas del día a día supone la necesidad de que muchos profesionales oscilen entre varias disciplinas. Mientras que en el modelo tradicional la formación puede apreciarse de manera piramidal, acompañadas con posgrados, la que hoy se necesita puede ser en forma de estrella, con cambios de profesión.

Uno de los primeros desafíos de la educación será ofrecer novedosas habilidades. Estas, dice Salmi, se basarán en dos componentes fundamentales: el expert thinking y el complex communication. El primero consiste en observar metódicamente, saber formular problemas y también analizar patrones complejos. Hoy, la mejor institución latinoamericana en la mayoría de escalafones, la Universidad de Sao Paulo, tiene incorporada la maestría en modelamiento de sistemas complejos. Y el complex communication se relaciona con saber decir, explicar, convencer; saber hacer informes.

“Hay que organizar modalidades de enseñanza que les faciliten a los estudiantes los cambios. Que fomenten la interdisciplinariedad”, afirma Salmi, para quien está claro la trascendencia del trabajo en equipo como matriz de creatividad.

Con la tecnología actual y la inmersión en un mundo totalmente digital deberán aprovecharse al máximo nuevas formas de aprendizaje. A través de la Internet y con soportes multimedia, no sólo habrá facilidades para que los estudiantes se formen desde donde y como quieran, sino que además tales esquemas impulsan la enseñanza personalizada; con un componente autodidacta importante.

Actualmente, la Universidad de Illinois imparte un curso de sostenibilidad ‘on-line’ con apoyo de videos, lecturas y presentaciones en Power Point, todos formatos descargables. Y la Universidad de Maryland, como la de Illinois, realiza 'quiz' evaluativos basados en dichos textos, los consumidos por Internet durante la noche anterior o días previos, para pasar a los siguientes módulos de sus cursos.

Por último, otro de los puntos tocados por Salmi tiene que ver con los valores. Y es que poco interesan las pedagogías para fortalecer el conocimiento, aun si son novedosas, si no se alimenta la ética. De hecho, algunos de los ranking que posicionan universidades toman dimensiones de la ética (desde lo institucional) como filtros para el escalafón. La responsabilidad social, el impacto sobre el medio ambiente, la yuxtaposición necesaria entre la investigación científica y los conflictos de interés, entre otros son variables de consideración en la calidad educativa. Jamil Salmi ya había tocado este aspecto en su libro ‘Universidades de rango mundial’ (2009).


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