virgin_h-(1).jpg
 

Investigación, autonomía y renovadas pedagogías, desafío de las universidades de hoy

El Academic Ranking of World Universities, mejor conocido como el estudio Shangai, reveló recientemente la posición en que se encuentran las universidades del mundo (aquí).

Si bien el estudio Shangai no es el único que ofrece el ranking de las universidades del planeta, es reconocido como uno de los más serios. Este revela prácticamente los mismos resultados que los demás en cuanto al ‘top ten’ de las mejores.

En efecto, aun con las diferencias metodológicas de los estudios, tal parece que siguen siendo las universidades estadounidenses, encabezadas por Harvard, las de la hegemonía académica en el mundo.

Y el estudio Shangai expone unos resultados inquietantes para América Latina. Ninguna universidad de la región aparece entre las 100 mejores. Tan sólo 10 figuran en la lista de 500 universidades, sin que haya una institución colombiana. Estas son de México, Argentina, Chile y Brasil, seis de las cuales están en este último país.

De esa fotografía, la hegemonía académica de las universidades de Estados Unidos y qué transformaciones deberían darse para que instituciones de otras latitudes alcancen ese conspicuo nivel es de lo que hablará el economista marroquí Jamil Salmi, quien se reunirá esta semana con directivas, profesorado y los miembros del consejo directivo del CESA.

Consciente de los grandes desafíos que hay en materia de educación para América Latina, el CESA trae a este especialista en educación para conocer, desde la experiencia de él, qué oportunidades pueden tener las universidades colombianas y en particular el Colegio para alcanzar niveles superlativos.

Para Salmi, Coordinador de la red de profesionales de enseñanza superior del Banco Mundial, es clara la correlación del conocimiento con el desarrollo económico y la competitividad.

Los escalafones que muestran a Harvard, Stanford, Berkeley, al Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT); a las más emblemáticas del Reino Unido (Cambridge y Oxford), y a las demás cuatro del ‘top ten’ mundial son las que Salmi llama universidades ‘de rango mundial’ (URM), dados ciertos patrones comunes que las tienen en dichas posiciones de privilegio.

El término utilizado por Salmi es para designar a los centros de educación superior que desarrollan las capacidades necesarias para competir en el mercado mundial de la educación mediante la adquisición y creación de conocimiento avanzado (Salmi, 2009).

Aquí, variables como los salarios de sus profesionales, premios nobel e incluso perfiles internacionales de profesores y alumnos marcan en muchos casos la alta competitividad de las URM.

Universidades de rango mundial –como las anteriormente mencionadas– exhiben una superioridad en sus resultados. Esto es, “producen profesionales excepcionalmente calificados con alta demanda en el mercado laboral que llevan a cabo investigaciones de vanguardia, con publicaciones en las principales revistas científicas, y que en el caso de instituciones orientadas hacia la ciencia y la tecnología contribuyen a innovaciones técnicas a través de patentes y licencias”.1

En esencia, Salmi plantea que para alcanzar resultados superiores, indicador de las universidades de rango mundial, hay una conjugación de tres factores: la concentración del talento, la abundancia de recursos y una gobernabilidad favorable.

El primer factor –sostiene el economista– es el más importante para determinar la excelencia. Este está conformado por una masa crítica, estudiantes, docentes e investigadores con niveles superlativos.

En este primer factor hay generalmente procesos de selección de los más cualificados, no sólo en cuanto al estudiantado se refiere sino también al profesorado. Muchos son extranjeros.

Ejemplos clásicos son los de la Universidad de Beijing, “que admite cada año a los 50 mejores estudiantes de cada provincia”2 o los de las universidades de Harvard, Instituto Tecnológico de California, MIT o Yale cuyos procesos de admisión son los más selectivos de EE. UU. Miden “el promedio de los resultados del examen de evaluación académica (SAT: Scholastic Assessment Test)”.3

Dado que estas instituciones apuntan a estar a la vanguardia en investigación en un contexto global, el segundo más importante factor que destaca Salmi es la abundancia de los recursos. Esta se relaciona con la destinación de parte del presupuesto público, los ingresos de donaciones, los derechos de matrícula y la financiación de investigaciones tanto del sector público como privado. “dos tercios de la financiación de la investigación que las principales universidades de Estados Unidos reciben provienen de fuentes públicas”4 (hasta 2009).

Jamil Salmi explica que si bien resulta imperativa la llamada rendición de cuentas, para mantener universidades de rango mundial resulta vital el desarrollo académico según el entorno. En uno autónomo, alejado de la burocracia, se incentiva la competitividad, la investigación científica sin restricciones, el pensamiento crítico y la tan aclamada innovación.

En ocasiones, critica el autor, incentivos perversos a la academia perjudican el motor en el que se puede constituir la educación para el desarrollo.

Las intersecciones de esas tres esferas son las que jalonan el concepto de rango mundial: la concentración de talento y la gobernabilidad favorable da como consecuencia los resultados perseguidos en las investigaciones. El talento y los recursos solventan el profesionalismo mientras que con recursos y libertad académica se impulsa la transferencia de tecnología.

Salmi expone dos influencias, una externa y una interna, que pueden jugar un papel preponderante en la transformación de universidades para ser de rango mundial.

La primera, la disposición de recursos para aumentar la categoría de las instituciones, que en buena medida se basa en el apoyo estatal. La segunda, las evoluciones estratégicas que deben empeñar las universidades para lograr la ‘conversión’.

No obstante, no todas las universidades, explica, podrían estar llamadas a ser de rango mundial, y no por ello están renunciando a ser centros educativos de calidad.

El CESA, por ejemplo, no tiene un volumen de estudiantado comparable al de algunas otras universidades colombianas. Sin embargo, la apuesta que ha hecho a una permanente aplicación en la práctica le ha permitido un reconocimiento importante en materia de administración empresarial. De lo que se trata –entonces– es de innovar a partir de novedosas pedagogías, organización de currículum u otras maneras. Clemson y Olin son buen ejemplo.

Dado el avance de Carolina del Sur para la fabricación de vehículos en EE. UU. la Universidad de Clemson (enfocada a la agricultura y la ingeniería mecánica), por ejemplo, formó una asociación estratégica con la alemana BMW en este estado para cumplir su propósito de convertirse en una de las principales del área de investigación de motores y vehículos. Con esa visión estratégica logró –en un año– ascender del puesto 74 al 34 en uno de los escalafones que tabulaba instituciones públicas.

Y la escuela de ingeniería Franklin Olin, en Massachusetts, partió de un informe que destacaba nuevas habilidades en el mundo empresarial para enfocar su pedagogía.

En ese contexto, Olin no prescinde de departamentos académicos sino que fomenta el trabajo interdisciplinario. Le apuesta además al aprendizaje a través de proyectos de equipo y construcción, con lo cual sus universitarios trabajan en grupo y piensan de manera empresarial e innovadora.
 

________________________________________________________________________________________

SALMI, J. (2009). El desafío de crear universidades de rango mundial. Washington, EE. UU. Banco Mundial y Mayol Ediciones.
Ibíd, p. 6.
Ibíd.
4  Ibíd., p.10.


Suscríbase al Newsletter del CESA.

Clic aquí