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La caminata del CESA contra las minas antipersonal

Más de 200 estudiantes del CESA ‘minaron’ de esperanza, sueños y paz un tramo de la avenida Séptima de Bogotá este jueves 4 de abril, durante una marcha para sensibilizar contra el uso de minas antipersonal, en desarrollo de la campaña ‘Por un país que camina, sin minas hay caminos’.

Se trató de la actividad principal de la campaña con la que el CESA participó en la convocatoria interuniversitaria de la fundación Arcángeles, que promueve el desminado de este tipo de artefactos en todo el territorio colombiano.

Parte de la comunidad académica, estudiantes, profesores; encabezados por el rector, José Manuel Restrepo Abondano, la Directora de Comunicaciones y Marketing Paula María Cañas, las líderes de la Campaña Sin Minas Hay Caminos Alejandra Rivas y Andrea Castellanos, recorrieron los extremos de la Séptima entre el CESA y la Universidad Javeriana, y usaron y repartieron más de 6 mil medias con el mensaje ‘por una mina menos, se abre un camino más’.

De esta forma, con las botas de los pantalones remangados, se subieron la media, el CESA y centenares de transeúntes, vendedores, taxistas, conductores de bus y hasta pasajeros –entre otros– le dijeron a los violentos ‘¡no más!’ al uso de minas.

De la primera línea de la caminata formó parte Vivian de Jesús Muñoz Ospina, exsoldado profesional y una de las más de 10 mil víctimas que esos artefactos han dejado en los últimos 13 años.

100 metros

Andrea Castellanos, una de las estudiantes autoras de la campaña ‘Por un país que camina, sin minas hay caminos’, entrega un surtido de medias a un par de personas que esperan transporte. Una de ellas toma la prenda se retira el zapato y se la pone.

En el entretanto, Muñoz rememora su tragedia: Vivian de Jesús Muñoz nació hace 38 años en Medellín (Antioquia). Sin embargo, desde muy pequeño se fue a trabajar a una finca de unos primos localizada en Guarne, en el oriente antioqueño. Eran las épocas en las que Muñoz y sus familiares, desde las 7:00 de la mañana y hasta las 5:00 de la tarde, sentían que cada día era productivo y los azares y albures de una mina no existían. En las que de la tierra no brotaba fuego ni metralla sino –‘sobre todo, dice él’– frijol, arveja, cebolla y tomate.

200 metros

Un transeúnte desprevenido pregunta para qué sirve una sola media. Una estudiante del CESA, que tenía clase de informática, le explica que el 4 de abril es el Día Internacional para la Sensibilización contra las Minas Antipersonal en el mundo, y que usarla es ponerse, simbólicamente, en los zapatos de alguien que ha perdido una extremidad por una mina. Muñoz continúa…

Transcurridos varios años en la finca, le llegó la hora en la que tuvo que formalizar su situación militar. Prestó el servicio obligatorio y luego se presentó como voluntario. Contaba 22 años de edad y se iba a la milicia con la sabiduría del campo y el séptimo grado de la secundaria.

300 metros

Vivian de Jesús Muñoz, sentado en un triciclo eléctrico al que debe hacerle adecuaciones, asegura que ni su papá ni su mamá le han dicho por qué lo bautizaron así.

Cuenta que estuvo siete años en el Ejército, hasta que pasó a retiro por el incidente de la mina. Lo sufrió cuando llevaba seis años y medio en la institución. Cifras oficiales, reveladas recientemente por el senador Manuel Virgüez, dan cuenta que en el año 2011 sólo el 2,55 por ciento de los soldados evaluados por una junta médica terminaron reubicados. El porcentaje restante, 97,45 por ciento de los militares, tras recibir el tratamiento terapéutico, salió de la Fuerza Pública.

Vivian de Jesús Muñoz formó parte del batallón de contraguerrilla número 14. Eran las épocas en las que llevaba un morral con 25 kilos de peso a sus espaldas, mientras se desplazaba por los montes y los valles del nordeste antioqueño, en el sur de Bolívar y en varias zonas del departamento de Santander como Cimitarra, Vélez y Landázuri. En Antioquia, recuerda, seguía los pasos de la ‘Carlos Alirio Buitrago’, facción del Eln otrora considerada el terror entre Medellín y Bogotá, y a la que le siguen hallando caletas con armas no convencionales. De hecho, recientemente, una con 1.000 minas antipersonal.

Av. 7 con calle 41B

La caminata del CESA llega a predios de la Javeriana. Cientos de estudiantes de esta universidad se quitan un zapato y se ponen la media, 10 minutos después de leer el mensaje estampado en la prenda: “así como tu necesitas una medias, todos necesitamos nuestras piernas”. Muñoz aún no llega a su tragedia, pero sí al recuerdo de la que fue testigo.

En efecto, la primera vez que se acercó al drama de lo que era ser víctima de una mina antipersonal fue en el municipio de San Luis. La escuadra de Muñoz, unos 16 hombres, se desplazaba en una operación de registro y control. El objetivo era “neutralizar un grupo de guerrilleros, pero sobre todo capturar o abatir a su cabecilla”. “Eran como las mil quinientas (3:00 de la tarde) cuando un compañero se desvió un poco del camino. De pronto escuchamos la explosión y él estaba acabado. Fue impresionante”, recuerda Vivian, y añade que su “lanza” (compañero) no murió.

De regreso al CESA

Un hombre de corbata, a la espera de que cambie a verde el semáforo de la calle 39 con av. Séptima, lee uno de los manifiestos que está impreso en la banda de papel que contiene la media: ‘Esta es la pierna caída del soldado Diego Ignacio Gómez. Fue en Nudo de Paramillo, Antioquia, explorando un cultivo ilícito’.  Mientras tanto, Vivian de Jesús sumerge sus recuerdos en la mañana del 27 de mayo del año 2000, día en que perdió su pierna.

Eran alrededor de las 9:00 a.m., él y casi 60 soldados más estaban en operaciones en San Miguel, un cerro entonces inundado de minas y otras trampas mortales en el corregimiento Santa Isabel, municipio de Remedios (Antioquia). Muñoz recuerda haberse desplazado unos pocos metros, “pudieron ser ocho o diez, no me acuerdo”, narra.  Lo cierto es que siempre estuvo consciente y aún hoy tiene en su memoria el estruendo de la explosión y la dramática imagen de su extremidad derecha convertida en un trapo camuflado teñido de rojo. La izquierda también le quedó afectada y varias cicatrices en ella le recuerdan aquel insoportable dolor de esa inolvidable y nefasta mañana.

Fin de la caminata

Las cerca de 200 personas del CESA ingresan a clase aún con las botas de sus pantalones recogidas y la media arriba. “Voy a estar así todo el día”, dice un alumno convencido de lo que hace.

El exsoldado Vivian de Jesús Muñoz se despide de una estudiante que le ha solicitado acompañarla para una fotografía. En la tarde, retomará el trabajo que realiza desde hace dos años. Fabrica lámparas en un pequeño taller en el barrio Santa Librada, en las goteras del sur de Bogotá.

En la noche, antes de apagar la lámpara que tiene en la mesa de noche y que él mismo fabricó, le dirá a su esposa y a sus tres hijos de 13, 11 y 9 años ‘hasta mañana’ y se quitará la prótesis.