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Sentarse a pensar

 

Lo que se concibe bien, se expresa con claridad.

Nicolas Boileau

Escribir se puede comparar con un juego de ajedrez; el camino a seguir para alcanzar el objetivo –que es comunicar− no es del todo claro y hay diferentes alternativas ¿Cuál escoger?

En un entorno universitario, donde es necesario registrar el conocimiento (ideas, conceptos, resultados de investigaciones, experiencias), los estudiantes se enfrentan a diversos interrogantes: qué decir, cómo decirlo, en qué momento, a quién, en dónde y con qué fin. ¿Cómo poner en palabras, en las más precisas, la opinión que tenemos de un tema específico?

Más allá de la adquisición y aplicación de la teoría propia de cada disciplina, el esfuerzo cotidiano del estudiante, que a veces se hace invisible por considerarse básico, se basa en leer, hablar, escribir, argumentar, debatir, preguntar, reflexionar y, todo esto una y otra vez. Ese es el trabajo del estudiante

¿Qué rol tienen entonces las universidades en este proceso? ¿Cómo se conciben estas destrezas que en teoría se aprenden en el colegio?

La universidad tiene la responsabilidad no sólo de certificar las habilidades de unas personas en un campo particular, sino también su capacidad de comprender, utilizar y compartir este conocimiento para beneficio de la sociedad. Es por ello que la creación de espacios en donde se pueda acompañar a los estudiantes en la adquisición y puesta en práctica de estas competencias es fundamental.

Es importante acabar con la idea de que los estudiantes aprenden a leer y a escribir en la primaria, ya que muchas de las actividades que se llevan a cabo en la universidad requieren de una mayor capacidad de abstracción y análisis que varía de disciplina a disciplina.

Mi trabajo en el CESA ha consistido en, palabras más, palabras menos, sentarme a hablar con los estudiantes. En pensar con ellos sus trabajos, incluso antes de que comiencen a escribirlos. He visto cómo, junto a otros profesores y compañeros lectores, los estudiantes preguntan, buscan información, leen, releen, se sientan, se paran, comen, se desesperan, se asombran, aprenden… Los resultados, que bien se podrían medir con el mejoramiento de las notas, son más que todo satisfactorios en cuanto a la conciencia que ahora tienen: ahora saben que cuando escriben hay alguien del otro lado que los va a leer, que tiene que entender lo que pueden llegar a decir; ese es un compromiso serio. Es importante tomarse un buen tiempo para cocinar las ideas.

He sido testigo de cómo las destrezas en competencias comunicativas les conceden tres deseos a los estudiantes. Primero, aprender más fácil lo que estudian y apropiarse del conocimiento de su campo. Segundo, expresar lo que piensan de manera estructurada, pertinente y aterrizada para así acercarse a las problemáticas actuales que les conciernen. Y tercero, afrontar un mundo laboral que acoge más rápidamente a aquellos que logran compartir lo que conocen de forma clara, precisa y natural.

Sin importar si es en administración, en matemáticas, en literatura, o en medicina, la diferencia de los futuros profesionales estará dada por qué tan bien informan a la sociedad acerca de eso que hacen o piensan. Las nuevas tecnologías, los medios sociales, la riqueza de información que se produce día a día pide, de hecho, exige que se comuniquen eficientemente.

Asimismo, en el entorno de trabajo −que por derecha conlleva responsabilidad social−, la importancia de la comunicación es innegable para el éxito profesional. En el caso de la Administración de Empresas, la toma de decisiones viene con el peso de cada palabra: así, quien administra bien sus propias ideas, sus propias decisiones, debería administrar bien una empresa.

Estoy convencida de que el reto de las universidades es integrar el conocimiento con la comunicación no sólo de forma académica, formal, sino por medio de espacios que faciliten el aprendizaje, de espacios donde cada pregunta es válida y la búsqueda de su respuesta es un intento permanente de cambio.

La satisfacción que he visto en la cara de mis estudiantes después de perseguir una idea y, luego de tanto vacilar, encontrarla, y no solo eso: escribirla, y además con las palabras exactas, es simplemente gratificante.

Tatiana Ramírez
Profesora
Centro DIGA
Colegio de Estudios Superiores de Administración –CESA



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