CESA
 
 
 

A propósito de la privatización de Isagen y el nuevo rol del capitalismo de Estado

Por Edgardo Cayón, Profesor Investigador del CESA.


A comienzos del presente año se ha generado un intenso debate acerca de la propuesta del gobierno nacional de vender su participación en Isagen para financiar parte del plan de infraestructura en el siguiente cuatrienio.  La propuesta es una oportunidad invaluable para que sean debatidas las ventajas y las desventajas del capitalismo de Estado en las últimas cuatro décadas.

El capitalismo de Estado tuvo sus detractores más fuertes durante los años 80 y a comienzos de los años 90, cuando la ola de privatizaciones en Europa, liderada por el Reino Unido, acusaba −no sin razón− a las empresas estatales de ser las culpables de la baja productividad y del letargo en los sectores económicos en que las que éstas operaban.

Tradicionalmente, las empresas estatales desarrollaban sus actividades en sectores estratégicos de  la economía en los que el sector privado no estaba dispuesto a realizar las inversiones de capital necesarias, por su bajo retorno en la inversión o por los riesgos regulatorios que enfrenta un sector sujeto –por ser de interés público− a controles de precios por parte del Estado.  El problema radicaba en que, por ser empresas 100% reguladas, en muchas ocasiones no se administraban con sentido de rentabilidad y productividad, sino como meros instrumentos políticos y clientelistas.  En estos casos, la privatización resultó ser una solución óptima, con resultados inmediatos en términos de productividad y de rentabilidad.

Sin embargo, con el crecimiento de la economía china y del surgimiento de las economías emergentes a mediados de los 90 y durante la primera década del 2000, la actitud en torno al capitalismo de Estado en países emergentes cambió radicalmente respecto a la de su contraparte en el mundo industrializado. Las cifras hablan por sí solas. En el 2012, de acuerdo con la Conferencia de las Naciones Unidas para el Comercio y el Desarrollo (UNCATD, por sus siglas en inglés), las multinacionales estatales representaban sólo el 1% del total de multinacionales globales, pero son responsables del 11% de la inversión extranjera directa mundial, lideradas, por supuesto, por China. En el caso de América Latina, los ejemplos más notables de capitalismo de Estado son Embraer y Petrobras, líderes mundiales en sus respectivos sectores: el aeronáutico y el petrolero.

Para el caso chino, la mayoría de sus estatales se encuentran en las empresas más grandes del mundo respecto a sus ventas y activos, pero, ¿qué hace que algunas estatales sean paquidérmicas mientras otras son líderes de clase mundial? La respuesta es la participación accionaria minoritaria del público a través del mercado de valores, que en estas empresas actúa como un mecanismo de control efectivo al exceso de clientelismo o, como cierto expresidente colombiano diría, lo mantiene “en sus justas proporciones.”

La propiedad diluida en miles de accionistas ha demostrado ser la forma más efectiva de ejercer control en una empresa estatal. En el caso colombiano, Ecopetrol es un claro ejemplo del “antes y después”: ¿qué hubiera pasado en la ETB sin la intervención de los accionistas minoritarios?

Este mecanismo ha permitido a muchos países emergentes democratizar la propiedad de los activos del Estado, sin que éste pierda el control estratégico de los mismos para cumplir metas de desarrollo. ¿Qué sería de las economías de Asia si hubieran privatizado completamente las productoras estatales de materias primas que permitían financiar las manufacturas de valor agregado intermedio para poder competir en el mercado global? Muy probablemente el nivel de desarrollo industrial y económico sería muy inferior al que exhiben actualmente.

Todo lo anterior lleva a preguntarse si es realmente favorable para la nación deshacerse de Isagen en un sector estratégico como el de la generación de energía, y en el cual el público ejerce un control contra las malas prácticas por medio del mercado accionario, como es la práctica en países emergentes exitosos.  Mucho más cuando existe el riesgo de que con el recaudo de la venta el país pase a endulzar los panes de la  infraestructura, en aras de una clientela regional.