CESA
 
 
 

Pedagogía y escritura

Por Javier H. Murillo

Profesor investigador y Coordinador del Centro de Apoyo para la Lectura, la Oralidad y la Escritura – DIGA del CESA.

Durante el 2014, el Ministerio de Educación colombiano decidió participar del Programa Internacional de Evaluación de Estudiantes (PISA), y los resultados fueron desalentadores. De 44 países, Colombia ocupó el último lugar en una prueba que buscaba evaluar la habilidad de los estudiantes participantes para resolver problemas cotidianos del siglo XXI. En el 2013 se habían difundido los resultados del mismo programa, pero para comprensión de lectura y matemáticas. Los estudiantes nacionales ocuparon el puesto 61 entre 65.

Pero no hay que perder de vista que estos resultados no son el problema; los números en evaluaciones apenas constituyen un síntoma de las dificultades que enfrenta la educación colombiana. Tenemos exactamente los estudiantes que hemos formado, por lo que preocuparse por ello resulta menos útil que tomar acciones concretas en el espacio que nos corresponda. Y este, es para nosotros, el de la Educación Superior.

Asumimos que las dificultades en el manejo de la lengua son resultado de una debilidad en la formación básica y secundaria. Damos por hecho que nuestros estudiantes saben leer y escribir al ingresar a la universidad. En primer semestre, cada estudiante debería ser ya competente para comprender enunciados y tener la capacidad de expresarse por escrito de manera clara y libre de errores de ortografía, sin importar el área de estudio a la que ingrese. Esto, sin embargo, no resulta cierto.

Las evidencias dan cuenta de las dificultades comunicativas de los estudiantes. Evaluaciones realizadas a alumnos de primeros semestres, demuestran que no son competentes para seguir instrucciones o inferir información, tampoco para escribir descripciones o plantear argumentaciones simples. De hecho, estudios realizados en los últimos semestres confirman que al final de su formación, los estudiantes no solamente no mejoran sus habilidades lingüísticas, sino que las empeoran.

Resulta evidente que el proceso de aprendizaje del manejo de la lengua no termina en la educación media. También, se aprende a leer y a escribir solamente leyendo y escribiendo textos concretos: no es igual escribir una reseña literaria que un informe de laboratorio, una disertación sobre un tema abstracto que un plan de negocios. Esto tiene como consecuencia que las universidades deben pensar cuál es el tipo de textos que esperan que sus estudiantes produzcan, y trabajar para que los profesores los exijan de la manera más eficaz a sus estudiantes.

Por otro lado, es imprescindible contar con actividades complementarias (en forma de asesorías y tutorías individuales) que les permitan a los estudiantes llevar a cabo las tareas asignadas en cada materia: que les muestre que cada una de ellas tiene un propósito diferente, que escribir es articular lógicamente y, sobre todo, pensar en el otro. No son suficientes, por lo tanto, los cursos de lengua que se imparten en los primeros semestres de las diferentes carreras. Estos, adecuadamente planeados y desarrollados, pueden apuntalar conceptos básicos y definir ciertos términos de referencia, pero no constituyen una ayuda suficiente para lo que viene.

El ejercicio de la escritura requiere, en el entorno académico en el que nos desarrollamos, un acompañamiento permanente que garantice alguna nivelación en las prácticas lingüísticas de los estudiantes. Solamente de esta forma se puede garantizar que estas no se conviertan en un motivo de deserción universitaria. Antes que establecer “filtros que garanticen que los usuarios disfuncionales de la lengua1 salgan del proceso formativo, se debería garantizar que los estudiantes que ya han ingresado tengan las herramientas suficientes para trabajar los ciclos de formación propuestos por cada disciplina.

Javier H. Murillo
Profesor investigador y Coordinador del Centro de Apoyo para la Lectura, la Oralidad y la Escritura – DIGA del CESA.


1 Por nonadapters, el término original en inglés. (Divoky & Rothermel, 2009)