Conductores salvajes y cortoplacismo

Por Erick Behar Villegas, Profesor del CESA -Escuela de Negocios.

Las calles de Colombia inspiran metáforas sobre nuestra cultura y economía. Hace poco, un sagaz taxista que esperaba en un semáforo, atrás mío, decidió cerrar a un carro para adelantarse y ganar unos valiosos cuatro metros. Otro día, presencié el espectáculo de un conductor que cambió al menos seis veces de carril para avanzar rápido. Cuando tuvo que tomar la salida de la avenida, se lanzó desde el carril izquierdo, se adelantó a aquellos inexpertos que hacían fila y casi pasa por encima de un ciclista. No hablemos de las carreteras, en las que adelantar en curvas parece ser más un desafío que una invitación a la muerte. Estas maniobras son un símbolo paralelo de nuestro amor por el cortoplacismo: un acérrimo enemigo de la sostenibilidad y un pariente cercano de la improvisación.

El encanto del presente y de las virtudes de la inmediatez, nos consume en muchos momentos. Las voces que dicen que vivamos el ahora y luego ‘miremos a ver’, pueden ser reconfortantes en la vida personal, pero también pueden afectar la forma macro de hacer las cosas. Pensar en el ahora y agregarle la usual indiferencia por los demás es desastroso. El conductor que se lanza desde la izquierda, a última hora, refleja al político, empresario, funcionario o estudiante que improvisa y juega a la lotería con su entorno.

Dice un proverbio que un plan es medio futuro, y hacer planes concretos en ocasiones irrita a los demás. Sin embargo, los planes y la visión del futuro pueden mantener viva a una organización en la adversidad. Jack Ma, fundador de Alibaba, blindó a su empresa con un segundo round de inversión, justo antes de la crisis del año 2000. Su visión se basaba en fortalecer la liquidez de la compañía, así acabara de recibir una inyección financiera de cinco millones de dólares. Su visión estaba atada a convertir un startup en un imperio. Poco después de una segunda inversión de 20 millones de dólares, estalló la burbuja del 2000.

Planear no significa quitarse el margen de maniobrar rápidamente en una crisis. Planear supone visualizar escenarios y pensar en un portafolio de reacciones y sus recursos. Con un plan, se puede canalizar la intuición y la experiencia. Para Nicanor Restrepo (q. e. p. d.), planear hizo parte del proyecto de vida que tenía para su retiro. No se trataba de esbozar el día a día, sino de saber qué quería y cómo lo alcanzaría.

Keynes escribió que en el largo plazo todos estaríamos muertos, pero propuso políticas de corto plazo basadas en planes y visiones técnicas de la coyuntura. Su idea no era improvisar o esperar a que la magia del mercado actuara. Por eso, una solución aplicada al corto plazo no quiere decir lo mismo que apegarse al cortoplacismo desorganizado y a la improvisación. Este mal abunda en la política, pero se puede remediar desde las organizaciones y el individuo. Por eso recuerdo a los que lideran empresas y equipos -y a los conducen carros- que den prioridad a la organización, a las reglas y a la planeación, pensando que, como dice el adagio, ‘una meta sin un plan es solo un deseo’.

P.S.: Bogotá no solo ha sido escenario de la improvisación, sino de un enemigo peor: planear ideológicamente y ejecutar mediocremente. Ojalá la política se inspire del empresario que canaliza su experiencia e intuición en un buen plan.

Erick Behar Villegas
Profesor del CESA - Escuela de Negocios.
@erickbehar