CESA
 
 
 

En busca del norte imaginado
 

Por Javier H. Murillo, Profesor Investigador Asociado y Coordinador Centro de Apoyo para la Lectura, la Oralidad y la Escritura-DIGA.


¿Qué es Bogotá? ¿Qué tipo de ciudad es, cómo ha sido comprendida?

El ejercicio de rastrear ciertos hechos del desarrollo urbano y las costumbres de los bogotanos durante el cambio de siglo XIX al XX, un periodo que puede caracterizarse por un auge de la modernización de la ciudad, puede poner en evidencia no solamente ciertas peculiaridades que se convirtieron en rasgos distintivos y que hoy resultan hechos indiscutibles, sino también rastrear la forma en la que Bogotá es asumida, presentada y representada (incluso inventada) por parte de sus habitantes.

Entender el proceso de modernización de Bogotá y dar cuenta de la forma en la que se vivió -cómo se deseó, cómo se sufrió, cómo se imaginó-, resulta determinante para plasmar la identidad o identidades de la ciudad a partir del estudio de elementos que parecen estar fuera de la esfera de los grandes procesos económicos e industriales que caracterizan tradicionalmente la modernización. Estos pertenecen más a la esfera de lo íntimo y artístico, considerado banal por las ciencias duras.

Un hecho resulta fundamental: en general, el acceso de los bogotanos a los servicios públicos ‒agua, alcantarillado, alumbrado público‒ (segunda mitad del siglo XX); en particular, la entrada en funcionamiento de la primera línea del tranvía en el servicio de transporte público de los bogotanos, que tuvo lugar el 24 de diciembre de 1884.

Esta, que iba de la Plaza de Bolívar (Carrera 7 con Calle 10) hasta la Plaza de Lourdes (Carrera 13 con la actual calle 63), y que partía la Carrera 7 hasta la actual calle 26 para tomar la Carrera 13 hacia el norte, paralela al ferrocarril, modificó radicalmente no solamente el desarrollo urbano, sino la forma en la que los bogotanos comenzaron a asumir su ciudad. A partir de entonces, Bogotá, que vivía desde su centro histórico hacia el occidente ‒donde se encontraban la plaza de mercado y la estación del tren (Calle 13 con Carrera 18), así como la salida hacia el río Magdalena, la primera ruta del país en ese momento‒, comenzó a mirar hacia el norte y a transformar una zona vecina del casco urbano, que hasta entonces era solamente de interés para los pocos propietarios de estas tierras, en un objeto de deseo.

Un ejemplo de esa búsqueda de norte es precisamente el barrio La Merced, ubicado entre las calles 34 y 36 y entre las Carreras 5 y 7. La forma en la que el barrio fue urbanizado, en las goteras de la vieja Bogotá, siguiendo las normas de “ciudad jardín” de Ebenezer Howard y con un diseño de servicios públicos que resultaba novedoso, es un ejemplo de la forma en la que se pensaba debía ser urbanizada una ciudad, y sobre todo la forma como se imaginaba debía ser el futuro de Bogotá, la manera en la que debían ‒o deberían‒ vivir sus habitantes… o por lo menos algunos de ellos.

Planeado y desarrollado por un grupo de influyentes ciudadanos (bogotanos y de otras zonas del país) ‒médicos, abogados, políticos y comerciantes‒, La Merced está ubicado al costado sur de uno de los grandes proyectos urbanos de comienzos de siglo: el Parque Nacional. Fue urbanizado a partir de estilos arquitectónicos que habían estado de moda durante las primeras dos décadas en ciudades europeas, norteamericanas y del sur del continente, y se convirtió durante 3 décadas en uno de los puntos de referencia de la sociedad bogotana, pero sobre todo en una forma característica de vivir Bogotá que se trasladaría periódicamente a otras zonas de la ciudad, siempre buscando el norte.