La modernidad de La Merced

Por: Javier H. Murillo, Profesor Investigador Asociado y Coordinador Centro de Apoyo para la Lectura, la Oralidad y la Escritura-DIGA

La construcción del barrio La Merced se llevó a cabo en un periodo clave del desarrollo de Bogotá, debido a que las primeras tres décadas del siglo XX fueron de transición en el desarrollo arquitectónico y urbanístico de la ciudad. Efectivamente, tanto el Estado como los particulares realizaron inversiones importantes en la construcción de nuevos proyectos que transformaron la ciudad.

La Estación de la Sabana (1917), el Palacio de San Francisco (1933) −que ocuparía la gobernación de Cundinamarca− o el Mercado Central de Bogotá (1927) son tres ejemplos de lo que podríamos llamar arquitectura pública perteneciente a lo que se conoce como periodo republicano en Colombia. También lo son hospitales construidos por pabellones que separaban a los pacientes por tipos de enfermedad, entre los que se pueden contar La Hortúa (1925) y San José (1925), o Iglesias −de estilo ojival y gótico− como las de Las Cruces (1915), la de Chapinero, (restaurada después del terremoto de 1917), la de Monserrate (1920) o la de Las Nieves (1923), que aún hoy resultan características en Bogotá. Edificios construidos con propósitos pedagógicos como el de la Escuela de Medicina de Bogotá (1916), el Gimnasio Moderno (1917) o el Instituto Pedagógico de Bogotá (1927) constituían innovaciones no solamente edilicias sino conceptuales, pues implicaban una nueva manera de comprender la educación.

En cuanto a las obras emprendidas por particulares que resultan notables –casas de vivienda construidas con grandes capitales−, estas se caracterizaron por arriesgar, en la ciudad, nuevos diseños y nuevas formas de construir. La densificación del casco urbano tradicional de la ciudad tuvo dos consecuencias principales. La primera, que las grandes casonas de origen colonial y otras republicanas se subdividieron; la segunda, que esa nueva ciudad, poco preparada en cuanto a su infraestructura para albergar a los más de 200.000 habitantes que entonces vivían en ella, resultará poco deseable para las nuevas generaciones de bogotanos que tenían −probablemente como nunca antes− nuevos medios técnicos y económicos, y sobre todo, nuevas expectativas y posibilidades para imaginar y construir sus viviendas.

La construcción de grandes casas en las goteras de la ciudad, fundamentalmente hacia lo que constituía el caserío de Chapinero, tuvo una particularidad: se realizó sin ningún lineamiento urbanístico ni conceptual, y siguiendo casi que exclusivamente el gusto personal de sus propietarios. Esta es la razón por la que adaptó de manera indiscriminada modelos de diseño y construcción que habían marcado la moda en Europa o en Norteamérica.

Estas construcciones, características de minorías sociales de la ciudad, representaron en su momento la individualidad y las preferencias –las modas– de quienes asumieron su construcción a tal punto, que muchas de estas casas fueron llamadas siguiendo el nombre de la familia o de algunos de sus integrantes. Sin embargo, seguían haciendo parte de la ciudad −en lo que algunos consideran un proceso de suburbanización bogotano−; de hecho, con el paso del tiempo constituyeron una tendencia arquitectónica emulada y reproducida en las unidades de vivienda posteriores. Sectores de Chapinero o barrios como Teusaquillo o La Magdalena, que tomaron como modelo las arquitecturas consideradas típicas nacionales de países como España, Francia o Inglaterra, son ejemplos de lo anterior. Es así como hacia la segunda mitad de los años 30 un grupo de los compradores del predio La Merced, que pertenecía desde 1908 a la Compañía de Jesús, adoptaron como estilo arquitectónico para sus casas el llamado por los bogotanos estilo inglés.

La Merced constituyó en la Bogotá de finales de la década del 30 una novedad. No solamente por la propuesta arquitectónica de sus casas; el barrio tenía un diseño cerrado, que lo constituía como un organismo autónomo que al mismo tiempo se integraba y se separaba de la ciudad; así mismo, el dibujo de las seis cuadras que lo componen no obedecía a la tradicional cuadrícula capitalina; de hecho, algunas de sus calles diagonales (algo apenas usado en la ciudad para la época) eran curvas, y se adaptaban con gracia a los recorridos peatonales tradicionales previos a su construcción. Ejemplo de ello es una escalera, que une −aun ahora− la parte más oriental del sector con el occidente, hacia la Séptima.

Todo lo anterior, unido la planeación de su red de acueducto y alcantarillado en cemento (también una novedad) y al diálogo que proponía esta urbanización con la naturaleza (la cercanía al parque Nacional, jardines y antejardines arborizados, andenes anchos y con zonas verdes): “más abierto, más iluminado, más limpio”, lo hacía un ejemplo claro de la corriente innovadora y considerada modernizadora dentro la arquitectura en Bogotá. Sin embargo, contrasta con la evidencia de que este “estilo inglés” es un híbrido en el que se vinculan elementos usados desde siglos atrás, en diferentes países y continentes: almenas y heráldicas de ascendencia medieval con molduras de mampostería que recuerdan estructuras de madera en las paredes; balaustradas renacentistas o ventanales y chimeneas de piedra y paneles de madera típicos de residencias campestres de los alrededores de Londres entre los siglos XVII y XVIII o en norte y Sudamérica a finales del XIX y comienzos del XX.

Este contraste, que sigue aún sin ser explicado de manera satisfactoria, llevó a que, en su Historia de la arquitectura en Colombia (1989), la investigadora Silvia Arango planteara: “Es tarea de los sociólogos explicar por qué en estos años se extendió el deseo de hacer casas nuevas que parecieran antiguas”.

Javier Murillo

Estudió Estudios Literarios. Es magíster en Literatura de la Pontificia Universidad Javeriana y en Denison University (Granville, OH.), donde se desempeñó como profesor de lengua y de literatura latinoamericana. Su especialidad es la narrativa latinoamericana contemporánea, particularmente la colombiana; colabora con diversas publicaciones culturales y ha publicado artículos académicos sobre las obras de Juan Carlos Onetti y Fernando Vallejo. Es autor de una biografía sobre del aventurero escocés David Livingstone y del libro La ortografía de Tarzán, claves para escribir en la universidad.