Europa después del Brexit

Por: CEGLI –Centro de Estudios sobre Globalización e Integración.

El pasado 24 de junio los europeos amanecieron con la noticia de la victoria del Brexit en el referéndum celebrado en el Reino Unido[1] que preguntaba a los británicos si el país debía seguir perteneciendo a la Unión Europea o si más bien debía abandonar tal proyecto de integración. Si para los líderes europeo-continentales la decisión soberana de los británicos supuso un inesperado tsunami, para los británicos desencadenó una serie de terremotos políticos cuyas consecuencias son de una magnitud aún difícil de dimensionar.

Sin contar las implicaciones políticas y económicas que inmediatamente han sacudido al Reino Unido, incluyendo la dimisión del Primer Ministro David Cameron, la crisis de liderazgo en el partido laborista (en la oposición), o la depreciación de la Libra Esterlina a niveles de 1985, en las islas británicas el resultado ha reabierto inmediatamente debates nacionales de profundo calado e inciertas consecuencias. Por ejemplo, la eventual independencia de Escocia, cuyos habitantes votaron mayoritariamente a favor de permanecer en la Unión Europea[2] y estarían aparentemente dispuestos a abandonar el Reino de su graciosa majestad para ingresar de nuevo en el proyecto europeo. O la situación del Ulster, que de nuevo se encontrará separado de la República de Irlanda por la antigua frontera que durante gran parte del siglo XX partió la isla en dos, y cuya desaparición gracias a la pertenencia de ambos países a la Unión Europea había servido para cerrar el histórico conflicto entre norirlandeses unionistas y norirlandeses republicanos, es decir, entre protestantes y católicos.

Pareciese que los partidarios del Brexit no dimensionaron bien sus posibilidades de victoria, y por tanto no analizaron bien las consecuencias que esta podría tener, nos solo para los europeos, sino para su propio país. Observando las iniciativas populares que se han multiplicado desde la votación y que promueven la celebración de un nuevo referéndum, algún malintencionado pensaría que ni siquiera los votantes del Brexit querían ganar el referéndum. El aprendizaje a este respecto es sencillo: uno debe votar por lo que si definitivamente quiere, más que en contra de lo que quizás no quiera.

Sin embargo, al margen del respeto que debe suscitar la decisión de los británicos, desde el CEGLI nos preguntamos:

¿Por qué el Reino Unido ha votado mayoritariamente retirarse de la Unión Europea?

El Primer Ministro David Cameron cometió un grave error de cálculo cuando por ganarse a los sectores euroescépticos de su partido (Partido Conservador), prometió la celebración de un referéndum que pensó podría ganar fácilmente desde su posición de poder en el ejecutivo. Cameron no ha estado conectado con los intereses y las preocupaciones de su pueblo en términos económicos y especialmente en cuanto a la situación de la inmigración, y esa desconexión de la realidad le ha llevado a un escenario que no contempló.

El Reino Unido se incorporó a la entonces llamada Comunidad Económica Europea (CEE) en 1973. Incluso el más ingenuo observador puede identificar el marcado carácter comercial que entonces tenía el proyecto europeo. El “club” al que los británicos accedieron en 1973 estaba encaminado a desarrollar un mercado común entre los países miembros. Sin embargo, tras la caída del comunismo dos décadas después, el proyecto europeo evolucionó hacia una mayor integración, con ambiciosos planes de integración política a todos los niveles, que fueron impregnando y condicionando las políticas públicas de los estados miembros, incluso en sus quehaceres domésticos.

Los orígenes históricos del Reino Unido, incluso el hecho de su insularidad que lo separa físicamente del continente, han hecho de los británicos un pueblo enormemente independiente, orgulloso como pocos de sus tradiciones y costumbres, y poco dispuesto a procesos de integración como los propuestos desde Bruselas. Como muestra de este aislamiento cabe mencionar que el Reino Unido no suscribió los acuerdos relativos a la unión económica y monetaria, y por tanto mantuvo la independencia de las políticas fiscales del Banco de Inglaterra y su moneda, y tampoco fue parte de los acuerdos de Schengen.

En definitiva, los británicos, que votaron mayoritariamente por la permanencia en la CEE en el referéndum celebrado en 1975, interpretaron el proyecto europeo como un mercado común, que permitía aprovechar las ventajas del libre comercio, más que como una unión política, económica y monetaria, que es en lo que la CEE se fue convirtiendo con el paso de los años.

¿Cuál debe ser la reacción de la Unión Europea?

En primer lugar, es importante mencionar que tan grave ha sido la desconexión de David Cameron de los intereses de su pueblo, como la desconexión que existe entre el establecimiento europeo (tanto en las administraciones de la Unión como en los gobiernos nacionales de los países miembros), y los ciudadanos de los países miembros.

Son muchos los síntomas de euroescepticismo en el continente y la Unión debe tomar medidas si no quiere que el ejemplo británico se multiplique en otros países, y el proyecto europeo termine por desintegrarse.

Las posibilidades de que otros países[3] celebren referéndums aumentará en los próximos meses en la medida de que las autoridades europeas faciliten las condiciones de salida del Reino Unido, y disminuirán en la medida en que el Reino Unido pagué unas consecuencias muy gravosas por su decisión. Si el interés británico es permanecer en el mercado común con fórmulas similares a la suiza o la noruega, la Unión tendrá que exigir duras contraprestaciones en forma de concesiones a la libre circulación de ciudadanos, y/o al pago de cuotas económicas que sufraguen las estructuras europeas. En esas condiciones la Unión estará lanzando el mensaje a los euroescépticos de que no merece la pena salirse del proyecto. De otra manera, si la Unión transige a una salida cómoda del Reino Unido a través de la permanencia en un mercado común, solo se estará invitando a los movimientos euroescépticos a la celebración por doquier de referéndums para abandonar el proyecto.

En segundo lugar, el establecimiento europeo debe trabajar intensamente para encontrar las fórmulas que le permitan acercarse a los intereses y preocupaciones de los ciudadanos. Será imprescindible para combatir a los movimientos populistas reconectar los intereses de los ciudadanos (sean estos cuales fueren) con las políticas y objetivos de la Unión, y esta reconexión sólo puede venir dada por la definición precisa y concreta de los objetivos de la Unión Europea y su razón de ser.

Hoy, la Unión Europea padece de al menos dos grandes espacios de incertidumbre, zonas grises que favorecen el desencuentro entre ciudadanos e instituciones, e invitan a la especulación de los euroescépticos. Por un lado es necesario concretar cuál es el objetivo final de la Unión Europea: ¿Se trata de construir un Estado Federal, o de mantener los niveles de integración actuales? Por otro, es imprescindible acotar el espacio físico que la Unión ocupará. No es viable mantener la duda sobre la incorporación de nuevos miembros. ¿Serán Ucrania, Turquía, Serbia, Georgia, u otros países, miembros de la Unión? ¿Quieren esos los ciudadanos de los países miembros? ¿Comparten esos países los principios sobre los que se basa la Unión? Además, las condiciones de acceso deberán ser claras no solo para los burócratas, sino principalmente para la ciudadanía, para que después no haya malos entendidos.

Las anteriores son solo algunas de las preguntas que se hace el ciudadano europeo y que las instituciones de la Unión tienen la obligación de responder a riesgo de mantener o ampliar la desconexión existente. Para los británicos, las respuestas llegarán demasiado tarde.

Post scríptum. En el referendo británico de 1975 se le preguntó al entonces Primer Ministro, Harold Wilson, por qué si era contradictor del proyecto integrador había votado por permanecer en la Unión, a lo que respondió que haber votado por salir de esta habría conducido a las personas equivocadas al poder. Ahora no resulta tan claro el rumbo que tomará el país ni que líder guiará a los británicos.

Referencias

Abellán, L. (29 de Junio de 2016). La UE de 27 Estados abre una “reflexión política” sobre su futuro. El País. Recuperado el 29 de Junio de 2016, de http://internacional.elpais.com/internacional/2016/06/29/actualidad/1467192535_295807.html

BBC. (27 de Junio de 2016). EU Referendum Results. BBC. Recuperado el 29 de Junio de 2016, de http://www.bbc.com/news/politics/eu_referendum/results

BBC. (24 de Junio de 2016). EU referendum: The result in maps and charts. BBC. Recuperado el 29 de Junio de 2016, de http://www.bbc.com/news/uk-politics-36616028

El País. (24 de Junio de 2016). ¿Cómo afecta el ‘Brexit’ al cambio libra-euro? El País. Recuperado el 29 de Junio de 2016, de http://economia.elpais.com/economia/2016/06/24/actualidad/1466780808_306676.html

Guimón, P. (29 de Junio de 2016). Jeremy Corbyn pierde la confianza de sus diputados. El País. Recuperado el 29 de Junio de 2016, de http://internacional.elpais.com/internacional/2016/06/28/actualidad/1467129236_108583.html

Norman, M. (24 de Junio de 2016). David Cameron will go down in history as the Prime Minister who killed his country. The Independent. Recuperado el 29 de Junio de 2016, de http://www.independent.co.uk/voices/david-cameron-resigns-resignation-next-prime-minister-brexit-eu-referendum-result-a7100076.html


[1] El Reino Unido es la entidad política, y no Gran Bretaña como con frecuencia se confunde en los medios de comunicación.

[2] 62% de los escoceses votaron por la permanencia, frente al 38% que votaron por el abandono de la Unión Europea.

[3] Especialmente Austria, Dinamarca, Finlandia, Francia, u Holanda (en este país ya se ha acuñado el término Nexit, combinación de los términos Netherland y Exit), por nombrar solo aquellos con movimientos euroescépticos más activos.