Camino a la Casa Blanca (II)

Por: CEGLI –Centro de Estudios sobre Globalización e Integración

Nota: Esta serie titulada “Camino a la Casa Blanca” está compuesta por varios artículos en los que se analizarán distintas coyunturas de cara a las elecciones presidenciales de noviembre en Estados Unidos. En este segundo artículo se discuten las implicaciones tras el primer debate presidencial entre la candidata demócrata Hillary Clinton y el candidato republicano Donald Trump.

El pasado lunes 26 de septiembre se desarrolló el primer debate de la campaña para la presidencia de los Estados Unidos. Los candidatos, Hillary Clinton y Donald Trump, sostuvieron un intenso enfrentamiento del que para algunos encuestadores y muchos líderes de opinión la exsecretaria de Estado salió ganadora. El primer debate presidencial es crucial, porque es la primera oportunidad en la que los candidatos se enfrentan públicamente en persona, y es, de alguna manera, su puesta en escena ante el electorado.

En unas elecciones tan polarizadas como las norteamericanas, el suelo electoral de uno y otro candidato es bastante firme, y difícilmente los telespectadores que tengan su posición decidida de antemano, modificarán su intención de voto por lo que pueda suceder en el debate. Por otro lado, según la última encuesta del Pew Research Center[1], la mayor parte del apoyo que recibe cada uno de los candidatos, proviene del rechazo que le genera el otro. Es decir, el votante no vota a Clinton o a Trump porque le guste el candidato, sino para evitar que Clinton o que Trump lleguen a la Casa Blanca[2].

Como en casi todos los debates, el secreto del pasado 26 no estaba en ganar votos, sino en no perderlos y en, si acaso, arañar apoyos en aquellos espacios de opinión que aún no han tomado una decisión. Normalmente situados en los espacios centrales y moderados del espectro ideológico, los indecisos son el objetivo fundamental de los estrategas de campaña, que son conscientes de su importancia a la hora de inclinar la balanza hacia una u otra candidatura.

En este sentido, la experiencia de Clinton se reflejó en la manera que tuvo de dirigirse a ese colectivo. En un país de clases medias, Clinton utilizó desde el principio el recurso familiar, y habló de su nieto, que cumplía años ese mismo día, y de su padre, a quien calificó como un pequeño empresario que pasó su vida trabajando duro y esforzándose para sacar adelante a su familia. A Clinton se la percibió tranquila y sonriente, en control permanente de la situación, y como buena conocedora de los temas que se debatieron. No ocultó su responsabilidad en el caso de los correos electrónicos[3] en su etapa como Secretaria de Estado, y aceptó su error, dejando a Trump sin posibilidad de prolongar la discusión sobre ese tema.

Siendo seguramente una de las mujeres más poderosas del mundo, tuvo la habilidad de mostrarle al votante indeciso su perfil más humano, como abuela e hija, pero al mismo tiempo como una política experimentada, conocedora de los retos del país por haber estado en la primera línea de la gestión pública durante los últimos 30 años, y con capacidad para enfrentarse a los retos que ponen en riesgo la prosperidad de los Estados Unidos.

Mientras Trump la interrumpía con frecuencia, pareciendo nervioso y sin capacidad de exponer ideas coherentes, una Clinton sonriente permitió que Trump hablara sin mesura y expusiera algunas afirmaciones que no dan la impresión de conectarse en absoluto con el votante indeciso, aquel por el cual fueron al debate. Por ejemplo, Trump se jactó de no pagar impuestos federales, haciendo ver que eso era un reflejo de su inteligencia. Un mal pensado podría preguntarse cómo se sintieron los telespectadores asalariados, pues la inmensa mayoría si paga cuantiosos impuestos. En otro momento aseguró que las deudas de sus empresas ‘solo’ ascendían a USD 650 millones y que eso, según sus amigos, no era demasiado dinero. De nuevo muchos ciudadanos debieron sentirse intrascendentes cuando consultaron con sus amigos sobre tal magnitud económica.

Al margen de cuestiones económicas y políticas públicas de ámbito interno, la política exterior y de seguridad pasó desapercibida. Clinton, como exsecretaria de Estado tiene un amplísimo conocimiento de la política exterior estadounidense y pudo haber acorralado a su contrincante en este tema, que ha demostrado reiteradamente su incapacidad al respecto.

Quizás, decidió esperar a futuros debates. Solo a modo de ejemplo, según Trump, que ha afirmado ser más capaz que los generales del ejército norteamericano para acabar con el DAESH, su campaña no expone su plan para Oriente Medio en su página web porque no sería muy inteligente hacerlo público y accesible al enemigo. Como insinuó Clinton, es fácil colegir que tal plan en realidad no existe.

Aún quedan dos debates entre los candidatos presidenciales, el 9 y el 19 de octubre, en los que Clinton puede aprovechar para profundizar la diferencia que ha ganado entre los indecisos en este primero. +++


[1] http://www.people-press.org/2016/09/21/in-their-own-words-why-voters-support-and-have-concerns-about-clinton-and-trump/

[2] El 33% de los votantes que dicen apoyar a Trump lo hacen para evitar que Clinton llegue a la Casa Blanca, mientras que el 32% de los ciudadanos que apoya a Hillary lo hacen para que el candidato republicano no sea presidente.

[3] Durante su periodo como Secretaria de Estado en el primer gobierno del presidente Barack Obama, Hillary Clinton utilizó un servidor privado para las comunicaciones oficiales, en vez de utilizar las cuentas de correo del Departamento de Estado, que almacenan la información en un servidor federal.