El CESA, en el camino de perfeccionar la inteligencia vial de su comunidad

La mayoría de los conductores que suministran sus servicios al Colegio de Estudios Superiores de Administración, CESA, sabe cuáles son las velocidades de circulación a las que se deben desplazar en las más importantes vías de la ciudad.

Una encuesta efectuada a un total de 18 conductores que cumplen dicha labor para la institución, reflejó que el conocimiento que tienen sobre las velocidades de por lo menos cinco vías emblemáticas de la capital guarda concordancia con las velocidades adecuadas para esas vías.

Esas vías corresponden a la avenida NQS, la Autopista Norte, la Carrera Séptima, la Circunvalar y la Carrera 5, estas tres última de mayor incidencia con el CESA por su ubicación en Bogotá.

Al agrupar las vías, se concluye que el 73 por ciento se desplaza justo sobre o por debajo de los límites de velocidad de esas rutas, y apenas un 27 por ciento por encima del límite.

Así como los conductores profesionales, el CESA también quiere que su comunidad; es decir, estudiantes, docentes y personal administrativo, interioricen también este tipo de información para beneficio de la seguridad vial.

Y es que por sus características y su ubicación, la calle es, literalmente, el campus del CESA. Ello significa, en pocas palabras, que sus estudiantes circulan con extrema frecuencia por las rutas vehiculares porque deben hacer sus desplazamientos de una sede a otra. El CESA lo componen 14 casas y un edificio de innovación.

El hecho no es un asunto menor, si se tiene en cuenta que la mortalidad por accidentes de tránsito en Bogotá es alta. El año pasado murieron 537 personas, y cerca de la mitad de ellas, 262, eran peatones.

Así las cosas, las directivas de la institución realizan una serie de reuniones tendientes a educar en el tema y a poner a punto los protocolos de seguridad vial, tanto para prevenir como para mitigar los efectos que se puedan derivar de accidentes de tránsito.

Para tal efecto, se trabaja a partir de dos componentes.

De un lado, el manejo de las comunicaciones. De otro, un esquema de investigación que permita dejar ‘lecciones aprendidas’.

En relación con el primer componente, el caso de una niña hallada sin vida en una ruta escolar de un colegio de Cartagena, a finales de septiembre, demostró no solo la pertinencia de un protocolo, en el que el factor comunicacional es clave –en este caso esta falló y el hecho de que la niña no descendiera de la ruta no fue advertida-; sino también que cuanto más explícito y detallista es el protocolo, más se reducen los riesgos y se actúa con mayor seguridad y celeridad.

Y en cuanto al segundo componente, el objetivo es encontrar y mejorar la metodología de investigación en torno a este tipo de hechos, en lo que le institución le atañe.

Esencia de la comunicación y la cadena de llamadas que esta implica, tipos de accidente (si es o no con víctimas, si se derivó daño estructural, si hubo siniestro ecológico, etcétera), articulación con entidades externas, prevención al estudiantado (por dónde transitar o dónde no permanecer), entre otros, hacen parte de los temas sobre los que se va a trabajar, varios de los cuales estarán en el protocolo.

En próximos días, quedará definido un cronograma de trabajo que incluirá diversas actividades, entre ellas la socialización e interiorización de normas, que conduzcan a empoderar a la comunidad del CESA para la mitigación de riesgos en tránsito.

En todo caso, el próximo 3 de noviembre el CESA tiene como propósito que su comunidad (estudiantes, profesores y funcionarios) llegue a la institución en medios distintos al carro particular -preferiblemente la bicicleta-, con el objetivo de aportar no solo a la movilidad de Bogotá sino también a reducir la contaminación, muy a pesar de que la capital ha bajado en los últimos dos años los índices de material particulado.