“A veces nos preocupamos más por el número de pasos que damos que por las huellas que dejamos”

Tras celebrarse hace pocos días el Día Internacional de la Felicidad, y luego de que Colombia ocupara el puesto 36 en el último ranking, cuando tradicionalmente estaba en los primeros lugares, vuelve a ponerse de presente la incidencia de este tema, y también su implicación en las organizaciones.

Y es que en la medida que hay trabajadores más felices, mayores son los réditos para las empresas: aumenta la productividad y disminuye también la ocurrencia de hechos negativos.

Trabajadores más felices son 33 por ciento más enérgicos y dinámicos que los que no lo son, se adaptan con mayor facilidad a cualquier cambio, y tienen un 300 por ciento menos riesgos de sufrir accidentes laborales, factores que impactan hasta en un 80 por ciento más la productividad de las empresas, reza un estudio de la consultora mexicana Crecimiento Sustentable.

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Por estas razones, desde hace un par de años el CESA -Colegio de Estudios Superiores de Administración-, como institución que forma líderes empresarios, le ha apostado al tema dentro de su malla curricular.

La cuestión es que las organizaciones de hoy están demandando un estilo de liderazgo distinto. Más inspirador y menos autoritario.

Bajo ese contexto, el involucramiento del factor felicidad resulta trascendental. Buen trato, mejores relaciones, e inspiración, son elementos que derivan en un liderazgo distinto que incide en mejores resultados.

Encontrarle sentido a las actividades que se realizan, hacer lo que se quiere hacer, provoca que se den pasos con mayor convicción. “Cuando se trabaja solo por un cheque, por un pago, el factor monetario es el que está en el foco y no otra cosa. Se pierde creatividad. Cuando estamos comprometidos sentimos propósitos, trascendencia, y encontramos en ese hacer bienestar, en servir a otros y la posibilidad de abrir la puerta de la felicidad. Allí está el foco”, explica Andrés Ramírez, docente con quien se inició la cátedra universitaria de felicidad en el CESA hace cuatro años. El profesor Ramírez ha hecho estudios en Bioética y terapia en adicciones, en Miami y Puerto Rico, respectivamente.

Y muy a propósito de los estudios que él ha hecho, advierte que más allá de los títulos que se posean y lo que se tenga, parte de la esencia de la felicidad es la trascendencia por lo que se es.

Educar para la felicidad

Para Andrés Ramírez, formar para la felicidad es un asunto que pasa esencialmente por elevar el nivel de consciencia sobre cada una de las actividades que cada quien hace y a cada momento.

Su tesis es que más allá de las miradas psicológicas o filosóficas en torno al tema, cada quien es capaz de saber cómo vivir bien, pero le cuesta ponerlo en práctica. De allí que él afirme que la auténtica forma en que una persona conozca a aquella que va a cambiar su vida es apostarse frente a un espejo.

El frenético ritmo en el que se experimenta el mundo, donde la tecnología ha tenido una incidencia sustancial, dice Ramírez, “nos ha permitido saber mucho más del mundo y menos de nuestros vecinos. De quienes tenemos cerca”.

Y si bien no es malo ese extraordinario encuentro con la tecnología, agrega que “no se puede perder de vista la importancia de las relaciones, de conocernos, de mirarnos más a los ojos. Es claro que no es el éxito en el trabajo, el dinero o la fama que se tiene, sino la calidad de las relaciones lo que hace que tengamos mayor felicidad a lo largo de nuestras vidas”.

Según Andrés Ramírez, se puede hablar de la existencia de dos mundos. Uno que está allí, independientemente si se existe o no, y otro en el que la existencia de cada quien le da sentido a ese mundo: “es el mundo de la gente que impactamos”. Y añade que a veces el problema es que “nos preocupamos mucho más por la cantidad de pasos que damos que por las huellas que dejamos”. Y la felicidad se ocupa de ese segundo mundo. Así se construyen personas distintas, empresas distintas, países distintos y un mundo mejor.