Posverdad, mentira y percepción

Por Javier Murillo, Director Centro de apoyo para la lectura, la oralidad y la escritura del CESA, DIGA.

 

El término posverdad aparece con frecuencia en los medios de comunicación del último año. Se hizo usual en periódicos, revistas y redes sociales particularmente a partir de tres votaciones que polarizaron la opinión pública: aquella que decidía sobre la salida del Reino Unido de la Comunidad Económica Europea (o Brexit); las últimas elecciones presidenciales en los Estados Unidos (58°), en las que resultó ganador el candidato Donald Trump y, más localmente, el referendo popular que debía decidir sobre el tratado de paz entre el Estado colombiano y el grupo insurgente de las FARC.

Se entiende por posverdad aquella circunstancia en la que la emoción o las creencias personales o colectivas influyen más sobre la opinión popular que los hechos objetivos y demostrables. Este neologismo del español es, como podría suponerse, hijo de uno en inglés, post-truth, atribuido al dramaturgo Steve Tesich, quien lo usó en 1992 al referirse a los escándalos que rodeaban al gobierno norteamericano y la violencia en el Medio Oriente.

Desde entonces, el término ha sido usado con más o menos éxito en diferentes circunstancias. La mayoría de ellas han estado vinculadas con la política y los medios de comunicación y, con mayor frecuencia, con la relación existente entre la primera y los segundos; es decir, con la forma en la que los intereses políticos y económicos se encuentran en la difusión de información para las grandes masas.

En los últimos años la posverdad toma nuevo impulso debido a la discusión acerca del decreciente poder de los medios tradicionales de comunicación en la opinión pública, a cambio de la cada vez mayor influencia de las redes sociales. Estos últimos determinan la forma en la que los individuos corrientes, en cualquier lugar del planeta, se informan y construyen, a partir de esa información, su propia versión de los acontecimientos; de lo que es, para ellos, el mundo.

Para muchos, esta posverdad no es más que un eufemismo. Una palabra sonora y menos fea que la llana mentira, y que su función es ocultar o por lo menos restarle connotaciones negativas al hecho de que entre más informados nos sentimos, menos acceso a los hechos y a la verdad tenemos. No es gratuito que esto ocurra. El hecho de que los procesos comunicativos resulten tratados como una industria por agendas claramente definidas (a través de los medios de comunicación o el mercadeo, por ejemplo) hace que resulte sencillo cuando menos sospechar de la veracidad de las nuevas que recibimos cada día a través de diarios impresos y virtuales, redes sociales o simples charlas de corredor, todas permeadas por intereses muchos menos cándidos que la llana transmisión de la verdad. La información, al ser transmitida a través del lenguaje, opera siempre en contexto, y no siempre somos conscientes del contexto en el que uno u otro dato nos es transmitido.

Sin embargo, no deja de ser interesante que el término posverdad se distinga, por lo menos formalmente, de la mentira. Con ello estamos obligados a pensar acerca de las relaciones que establecemos con los demás, y con la forma en la que se constituye la sociedad. No nos relacionamos con nuestros semejantes a través de la verificación de los hechos o de verdades demostradas, por más fuertes que sean las convicciones que tenemos respecto a uno o a otro asunto. Construimos ­­―hoy, bajo la influencia omnipresente de las redes informáticas y del big data tanto como hace cien años, cuando los periódicos de papel o la novela dominaban la forma de pensar de los lectores― la realidad a partir de las opiniones sobre los hechos, sobre las emociones y sobre las percepciones que nos hacemos sobre lo que miramos, oímos, leemos y sospechamos.

Todo ello resulta de particular interés para las ciencias sociales, que se ocupan, precisamente, de los seres humanos, de sus manifestaciones y de las formas en las que se asocian y constituyen sociedades. Estas sociedades no se agotan, por lo tanto, en la observación de sus hechos medibles y comprobables, sino que conviene observar y analizar también aquellos intangibles e incluso los que podrían considerarse espurios a primera vista. El análisis de las tradiciones y de las percepciones de determinados grupos sociales puede llevar a conclusiones muy elocuentes acerca de las motivaciones o las formas de vida de estos grupos.

Los estudios sociales y la ciudad

Tradicionalmente, los estudios sobre la ciudad, los de Bogotá, más específicamente, han sido enfrentados desde los modos de producción y sobre medidas cuantitativas (datos “duros”). Estos, si bien recogen información imprescindible para comprender los procesos urbanos (censos, estadísticas, bases socioeconómicas o técnicas de la arquitectura o la urbanística), dejan al margen las experiencias personales de sus habitantes: la forma en la que estos comprenden y dan cuenta de su experiencia. Una ciudad, Bogotá o cualquier otra, no puede ser solamente estudiada como un objeto estático, medible y calculable. Resulta imprescindible dar cuenta de la forma en la que esa ciudad ha sido comprendida, asumida e imaginada por sus habitantes.

Y es precisamente el término de imaginario el que es incorporado por Armando Silva (2003, 2006, 2007, 2011) para los estudios sobre la forma en la que una ciudad es comprendida, antes que desde los principios tradicionales de la sociología urbana, desde su percepción y las consecuentes formas de darle forma a partir de esta. El término ―que puede ser rastreado en trabajos tan disímiles como los de Lacan, García Canclini, Casoriadis o Zabala― hasta ahora ha sido investigado a partir del uso de encuestas en el que se mide la percepción de aspectos específicos de la ciudad (el olor, los colores, el tipo de experiencias que se viven en ella o la forma en la que se viven los lugares más representativos, por ejemplo). Queda pendiente en los trabajos de Silva y de quienes replican su preocupación en otras ciudades en Colombia y en otras partes del mundo, el análisis de las formas en la que la ciudad fue comprendida en periodos anteriores, esto es, en el pasado, de cuando no se tiene registro explícito que equivalga o sustituya las encuestas, y de su influencia y sus efectos en la ciudad que habitamos hoy.

Obras referenciadas

Silva, A. (2003). Bogotá imaginada. Bogotá: Taurus.
Silva, A. (2006). Imaginarios urbanos (Quinta edición ed.). Bogotá: Arango editores.
Silva, A. (2007). Imaginarios urbanos en América Latina: archivos. En A. Silva, Imaginarios urbanos en América Latina: urbanismos ciudadanos (págs. 33-93). Barcelona: Fundació Antoni Tàpies.
Silva, A. (2011). Imaginarios urbanos como espacios públicos. Arquitecturas del sur (40), 16-29.