Mallas curriculares deben ofrecer espacios para el acompañamiento latente del ejercicio lector

Por: Catalina Isaza Cantor, Centro de Apoyo para la lectura, la oralidad y la escritura, DIGA.

La relación que se tiene con el estudiante en las instituciones de educación superior, en comparación con la que se tiene en los colegios, por ejemplo, es una relación que propende más por la autonomía del estudiante y de su proceso de aprendizaje.

Quienes ingresan a la universidad ingresan a un universo donde se instala una nueva lógica del aprendizaje y su relación con este. Se busca que el estudiante pueda recorrer de forma independiente el camino de las varias asignaturas que se le presentan, así como de las tareas que cada una de estas exige. Como consecuencia de ello, en parte, se asume también que quienes han sido admitidos a la universidad tienen una serie de competencias ya adquiridas y desarrolladas. Esto pasa, entre otras, con las destrezas relacionadas con la lectura y la comprensión de textos.

No obstante, el hecho de que un estudiante tenga una media superior a la mínima exigida en un examen de Estado al finalizar el ciclo secundario o apruebe un examen de ingreso a la universidad, no da muestra de que realmente los procesos que se requieren para una lectura académica se hayan interiorizado o completado. Si se da un vistazo a los resultados obtenidos por el país en las pruebas PISA, en el ítem relacionado con comprensión lectora, se refleja que, si bien aumentamos cuatro peldaños con respecto al 2013, aún nos encontramos por debajo de la media mínima establecida por la OCDE (Organización para la Cooperación y Desarrollo Económico).

Y es que ingresar al universo académico implica el aprendizaje de un nuevo lenguaje: los textos académicos manejan códigos y estructuras particulares dados, por un lado, por la disciplina específica que se estudia y, por otro, por la naturaleza en la que se construye el conocimiento propio de este ámbito. Por este motivo, es clave que al interior de los centros de educación superior se (re) plantee el papel que tienen como agentes activos en el proceso de comprensión de textos de los estudiantes, lo que implica pensar los currículos de forma que se les ofrezcan a los estudiantes espacios tanto al interior de las propias asignaturas como fuera de estas para que haya un acompañamiento del ejercicio lector. Incluso sería necesario pensarlo de tal forma que se incluyan asignaturas específicas para atender la necesidad de continuar formando (buenos) lectores más allá de la formación escolar básica y secundaria.

Le puede interesar:

Legibilidad en textos empresariales

El placer de la lectura

Dentro de todo ese proceso, además, la intervención del profesor es vital para que este se complete de la forma más eficiente posible. Las lecturas que se realizan en la universidad están determinadas, en gran medida, por la intención con que se hacen. Los profesores demandan de sus estudiantes aproximarse a un texto con un objetivo específico que se relaciona directamente con los contenidos de la asignatura y las competencias que estos deberían tener para un futuro ejercicio profesional. En este sentido, el papel del profesor como acompañante del proceso de lectura debe comenzar por establecer con claridad el objetivo de cada lectura y orientar las preguntas y actividades de tal forma que se pueda comprender el texto y sacar el mejor provecho de su lectura. La pregunta y la intención constituyen elementos clave en el proceso que lleva a los estudiantes a sentarse frente a un texto de índole académica. Lo mismo ocurre con la aproximación que se hace, desde cada asignatura, a los códigos y el lenguaje propio del mundo académico y de la disciplina que imparten.

Entonces, así como se hace cuando se está aprendiendo una nueva lengua, la práctica, el contacto y la inmersión dentro de la misma son fundamentales. La comprensión lectora es un proceso que se aprende y se fortalece con la práctica constante y requiere también de un acompañamiento. Se trata de una herramienta que lleva al lector desde la simple comprensión de lo dicho (nivel literal) a la posibilidad de adquirir nuevos conocimientos, de deducir información (nivel inferencial) para que, finalmente, pueda establecer una visión crítica, no solo a partir de su propia voz sino de lecturas previas (nivel crítico-intertextual). Esta visión crítica e intertextual le permite ser también agente de producción de reflexiones, de textos y de nuevos conocimientos.

En este sentido, se entiende que el proceso de lectura en la academia sería la base para la producción escrita dentro de la misma. La lectura, al permitirles a los estudiantes completar dicho proceso, se convierte –entonces- en la manifestación más alta de la democracia: brinda la posibilidad de pensar, dudar, cuestionarse, dialogar con otros (autores y textos) y, a partir de ello, darle voz al lector, construir a partir de ella. La lectura no es, por tanto, un acto pasivo. Requiere de una actitud de total participación e involucramiento por parte del lector y de una participación igualmente activa de los actores del medio en que esta se da: las instituciones de educación superior y sus docentes.