En la última reunión de retroalimentación de 2025, una persona de mi equipo —recién graduada de la universidad y en su primer empleo— me dijo algo que me marcó: que valora inmensamente haber entrado a trabajar en un emprendimiento, que sentía que en solo ocho meses había aprendido más que en toda la carrera universitaria y que estaba asumiendo responsabilidades de la vida real que nunca imaginó tener en su primera experiencia de trabajo. Me contó que, a diferencia de sus amigos en empresas grandes, ella desde el primer día ya estaba metida en todo y aprendiendo un montón de cosas que en esos trabajos no se ven tan rápido.
En octubre de 2017, cuando iba en quinto semestre de Administración en el CESA, fundé mi marca de ropa, Domenica. Hoy, ocho años después, Domenica es una empresa de más de 12 empleados que factura alrededor de 3.000 millones de pesos. Sin embargo, desde el primer día hasta hoy, he tenido el mismo sueño: crear un espacio de trabajo donde la gente se sienta completa; crear una de esas empresas en las que todos sueñan trabajar como Google, Meta o Bavaria.
Cuando empecé Domenica nunca había tenido un trabajo ni un jefe. Tenía las bases que te da la universidad y una página en blanco. Una página donde todo cabía y donde comenzaron mis primeras ideas de liderazgo. ¿Qué hice? Les pregunté a mis amigos que ya habían hecho prácticas en esas grandes empresas qué era lo que más les había gustado y qué beneficios los motivaban. Las respuestas eran muy parecidas entre sí y yo quería adoptarlas todas: medicina prepagada, fondos de ahorro para viajes, comida o transporte financiados por la empresa, metas claras con recompensas por cumplirlas, entre otros.
Escogí algunos de esos beneficios para Domenica y se los comuniqué a mi equipo. Yo estaba feliz y ellos también. Pero con el tiempo me di cuenta de que no podíamos cumplir ni la mitad de lo que había ofrecido. No porque no quisiéramos, sino porque el ritmo de un emprendimiento y los recursos limitados simplemente no lo permiten. Para no eliminarlos del todo, fui moldeando esos beneficios, pero la verdad es que cada vez los fui reduciendo más y más, y los pocos que quedaron no logré sostenerlos en el largo plazo.
Para este nuevo 2026, volví a sentarme a reflexionar y, por primera vez, logré ver esa pata de la mesa desde otra perspectiva. Hoy entiendo que en un emprendimiento no podemos ofrecer los mismos beneficios que una empresa grande. No podemos tener la certeza de metas completamente claras ni de planes que se cumplan al pie de la letra. Pero fueron mis propios empleados quienes me hicieron caer en cuenta de que existen otras formas de hacerlo.
Nuestro equipo me enseñó que se sienten motivados al vernos —a mi socia y a mí— navegando el mismo barco que ellos, trabajando las mismas horas o incluso más. Se motivan al ser tenidos en cuenta en el 360 de la operación, al aprender sobre todo el manejo de la empresa y no solo sobre tareas puntuales. Aunque el plan no siempre se cumple exactamente como lo imaginamos, se sienten motivados cada vez que alcanzamos un logro inesperado, que afortunadamente han sido muchos. Les inspira un liderazgo horizontal y el hecho de que cada una de sus ideas contribuye a crear esta empresa.
Esto no significa que el sueño termine aquí ni que no queramos, en el futuro, ofrecer beneficios más grandes (ó más tangibles); esa seguirá siendo la meta. Pero tampoco significa que en un emprendimiento no haya formas de liderar ofreciendo beneficios importantes. Hoy entiendo que para construir una gran empresa no se debe liderar intentando parecerse a una, sino liderar con honestidad frente a lo que realmente somos. En un emprendimiento, el verdadero valor no está solo en lo que se promete, sino en lo que se construye y se vive todos los días.
Por: Maria Paula Ramón. Co-fundadora de Domenica.