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Generación de valor social y ambiental para un crecimiento sostenible

Por Adela Vélez, docente CESA

¡El mundo está cambiando y las organizaciones deben actuar! La globalización, el cambio climático, la inserción de nuevos mercados, los cambios tecnológicos y la sobrepoblación, entre otros factores, están condicionando la transformación económica del mundo. Frente a esta realidad, es necesario comprender los retos sociales y ambientales a los que nos enfrenta el siglo XXI y su incidencia en esta transformación.

Estos factores se encuentran estrechamente ligados a la forma en que nos relacionamos con el mundo, históricamente desde la concepción antropocéntrica del uso de los recursos naturales – un patrón que genera insostenibilidad-.

Para entender las causas de esto, debemos comenzar por comprender los fenómenos naturales que median la supervivencia de las especies. Un primer aspecto a tener en cuenta es que la naturaleza funciona de manera cíclica. Cada uno de los elementos necesarios para la vida circula en el ambiente y se transforma, de manera que siempre puede ser reutilizado (ejemplos sencillos el ciclo del agua o el oxígeno o el carbono). Esto mismo ocurre con los seres vivos, que también cumplimos un ciclo de vida.

Estos ciclos durante millones de años fueron relativamente constantes o regulados de forma natural; sin embargo, la actividad humana los modificó para siempre. ¿Cómo? Al usar más recursos de los que la propia naturaleza puede incorporar y reutilizar.

Si trasladamos este concepto de ciclo a una organización, lo que encontramos es que el sistema actual sigue patrones lineales de extracción, producción, consumo y desecho; es decir, este patrón consume recursos que no vuelven a ser utilizados. En conclusión, no sigue el patrón cíclico de uso de recursos.

Pero el problema es aún más grande cuando entendemos que, desde la aparición del fuego, pasando por el uso del carbón, los combustibles fósiles y la energía nuclear, la humanidad cada vez consume más energía y esta energía cambia las condiciones ambientales del planeta, poniendo en peligro todo lo que hoy conocemos.

Algunos datos demuestran el grave problema que enfrentamos:

La Organización de las Naciones Unidas pone de manifiesto el crecimiento proyectado de la población mundial. Esta cifra alcanza en la actualidad 7.700 millones de seres humanos, y para el 2030 será de 8.500 millones; es decir, un 10% adicional. En términos económicos, esto significa mayor demanda de recursos, infraestructura, salud, educación y -sobre todo- mayor desigualdad. Somos muchos y consumimos más.

Asociado a estos cambios demográficos y los cambios descritos anteriormente, emergen otros fenómenos a los que la humanidad debe hacer frente:

Uno de ellos está relacionado a los patrones de consumo insostenible y el consecuente resultado en producción de desechos. En este sentido, el Banco mundial en su informe What a Waste 2.0, publicado en el 2018, pone en evidencia que el manejo de estos residuos es aún muy ineficiente. En efecto, el 37% se eliminan en rellenos sanitarios, el 33% se abandona a cielo abierto, y tan solo el 19% es recuperado por procesos de reciclaje y el 11% tratados con tecnologías modernas de incineración. Adicionalmente, para el año 2050 el mundo producirá 3,40 billones de toneladas de desechos al año.

Así mismo, la Organización Mundial de la Salud (2018) muestra que entre el 2030 y el 2050 el cambio climático será el responsable de 250.000 muertes al año por enfermedades causadas por vectores, malnutrición y olas de calor, y los costos asociados a la salud sobrepasarán los 2.000 millones de dólares.

En este mismo sentido, el World Meteorological Organization (WMO) advierte que en el 2017 las temperaturas medias en el mundo aumentaron en un 1°C, siendo un fenómeno que sigue en crecimiento. Las consecuencias asociadas a esto están ligadas al desabastecimiento de agua potable de las poblaciones más vulnerables, a la desaparición de zonas costeras, a la pérdida de biodiversidad y ecosistemas; lo que para los seres humanos representa la disminución de recursos naturales utilizable para la propia supervivencia.

Por otro lado, otro factor no menos importante en esta transformación económica mundial es el cambio tecnológico y la automatización. El McKinsey Global Institute (2019) analiza la capacidad de las economías locales para adaptarse a los cambios tecnológicos y la desigualdad que esto supone entre países y en este sentido evidencian que en el 60% de los empleos, por lo menos el 30% de las actividades asociadas a él serán automatizadas. Y, ¿cómo nos estamos preparando para ello?

El contexto planteado pone de manifiesto la necesidad urgente de incorporar nuevas formas de desarrollo que permitan la generación no solo de crecimiento económico, sino que al mismo tiempo hagan frente a los desafíos planteados.  Es decir, un desarrollo que permita alinear el progreso social y la rentabilidad económica, siendo esto posible desde la concepción de desarrollo con un enfoque en sostenibilidad.

El desarrollo sostenible como concepto surge hace más de cuatro décadas el marco de actuación de la comisión Brundtland, estamento designado por la organización de las Naciones Unidas para analizar modelos de desarrollo que permitieran una transición al siglo XXI, haciendo frente a la crisis socioambiental y a los patrones de consumo insostenibles.

Dicha comisión público, en el año 1987, el informe “Nuestro Futuro Común”, en el que propuso un nuevo modelo de desarrollo duradero y sostenible; es decir, un modelo que permitiera “satisfacer las necesidades del presente sin comprometer la capacidad de las futuras generaciones” (World Commission on Environment.1987, p.23). Esto, dentro de los límites que los propios recursos pueden sostener.

El desarrollo sostenible hay que entenderlo desde la triple cuenta: el desarrollo económico, el social y el ambiental. No debe ser pensado como un tema relacionado exclusivamente con la conservación de la naturaleza, sino también desde las relaciones posibles entre estos tres sistemas.

Sin embargo, pese a esta declaratoria y a la voluntad de las naciones expresada en las diferentes iniciativas internacionales promulgadas en estas décadas, como la agenda 21 en 1992 o los objetivos del milenio (ODM) en el año 2000, alcanzar la sostenibilidad es un camino aún inconcluso.

Es así que la agenda 2030 recoge los aciertos y desafíos de los ODM y declara los 17 Objetivos de Desarrollo sostenible (ODS), los cuales deben ser entendidos como los propósitos a ser cumplidos para alcanzar la sostenibilidad, designando la responsabilidad no solo a las naciones, sino también a la sociedad. Dichos objetivos plantean metas concretas en 5 grandes aspectos: personas, planeta prosperidad, paz y asociaciones.

En este sentido cabe preguntarse entonces, ¿cómo las empresas pueden contribuir al desarrollo de los ODS? Y más concretamente, ¿cómo las empresas pueden generar valor social y ambiental a la vez que crecen y son rentables económicamente?

La respuesta: hay que repensar la generación de valor más allá de lo económico, pero sin desconocer que es el objetivo de cualquier empresa.

Para ser frente a esto, Porter & Kramer desarrollaron en el año 2011 su teoría de creación de valor compartido, convirtiéndose en un aporte a las investigaciones desarrolladas previamente por Porter en temas como competitividad, estrategia y generación de ventaja competitiva, desde el entendimiento del valor compartido como la reinvención de los modelos de negocio tradicionales a partir de la inclusión del valor social y ambiental en la estrategia de la organización, dando respuesta así al capitalismo moderno.

La creación de valor compartido es definida entonces como “las políticas y las prácticas operacionales que mejoran la competitividad de una empresa a la vez que ayudan a mejorar las condiciones económicas y sociales en las comunidades donde opera” (Porter & Kramer, 2011, pp. 5 – 6).

Así mismo, estos autores proponen desde la práctica que esto puede ser posible a partir de tres vías:

  1. Transformando productos y mercados; es decir, encontrando a partir de necesidades sociales y ambientales líneas de negocio exitosas que por un lado satisfagan estas necesidades, pero que por otro generen rentabilidad y esto requiere concretamente incorporar procesos de innovación en las organizaciones.
  2. Redefiniendo la cadena de valor. Esto requiere que las organizaciones incorporen modelos eco-eficientes en su actividad donde se utilice de forma sostenible todos los recursos internos y externos disponibles.
  3. Desarrollando clústers. Implica entender las potencialidades productivas locales, el trabajo en red y sobre todo el intercambio de conocimiento con miras a mejorar la competitividad de un sector específico.

Para lograr esto es necesario que las empresas se reinventen desde su estrategia y que se piensen de forma diferente, incorporando nuevas capacidades desde su actividad, sin perder de vista la rentabilidad del negocio. En otras palabras, una empresa que genera valor social y ambiental debe ser capaz de:

  1. Identificar necesidades sociales y ambientales reales.
  2. Conocer sus grupos de interés.
  3. Tener claridad sobre su propuesta de valor.
  4. Reconocer sus competidores y sus ventajas competitivas.
  5. Incorporar una cultura de la innovación en sus estructuras.
  6. Incluir el concepto de circularidad en su cadena de valor.
  7. Contar con capital humano competitivo.
  8. Generar redes y alianzas
  9. Comprender los impactos sociales y ambientales que su actividad produce y
  10. Medir su impacto.

Finalmente, siendo las pymes las mayores impulsoras de la economía del país, estas organizaciones deberían romper paradigmas y repensar su actividad.

El primer paradigma que se debe romper es el miedo a la inversión de recursos para conseguir tal impulso. Al respecto, la academia juega un papel determinante. Y es que cuenta con el tiempo, el conocimiento y el capital humano capaz de apalancar estos procesos, pero es necesario generar confianza entre las dos organizaciones, tener políticas de propiedad intelectual claras y -sobre todo- que el proceso genere valor para ambas partes.

Adicionalmente, requiere que las universidades formen en las competencias pertinentes para ello. Las habilidades del siglo XXI emergen como la respuesta a ello, y que el Estado sea el financiador de procesos de I+D+I.

Un segundo paradigma es pensar que solo las grandes empresas pueden lograrlo. Cada vez más la evidencia muestra que los startups son las generadoras de innovaciones capaces de cambiar el mercado.

Tercero, la innovación no solo es un proceso de generación de productos. La innovación ya no solo es medida en términos de patentes y en esto la tendencia es al desarrollo de innovaciones en temas como economías colaborativas, experiencias del consumidor y sostenibilidad. En este contexto y teniendo en cuenta que somos una economía basada en servicios (cabe decir de bajo valor agregado), estas tendencias se convierten en una oportunidad.

Y por último, más importante es comprender el papel que como seres humanos jugamos en la construcción de un futuro sostenible.

Referencias Consultadas

Kaza, S; Yao, L.; Bhada-Tata, P; Van Woerden, F. (2018). What a Waste 2.0: A Global Snapshot of Solid Waste Management to 2050. Urban Development; Washington, DC: World Bank. © World Bank. https://openknowledge.worldbank.org/handle/10986/30317 License: CC BY 3.0 IGO.”

McKinsey Global Institute (2019). The future of work in America. People and places, today and tomorrow. Disponible en: https://www.mckinsey.com/featured-insights/future-of-work/the-future-of-work-in-america-people-and-places-today-and-tomorrow

Organización Mundial de la Salud (OMS). (1-02-2018). Cambio climático y salud. Centro de prensa. Disponible: https://www.who.int/es/news-room/fact-sheets/detail/cambio-clim%C3%A1tico-y-salud

Porter, M. E., & Kramer, M. R. (2011). La creación de valor compartido: cómo reinventar el capitalismo y liberar una oleada de innovación y crecimiento. Harvard Business Review, 89(1), 31-49.

United Nations. (2019). World Population Prospects 2019. Desa / population división

World Commission on Environment. (1987). El desarrollo sostenible, una guía sobre nuestro futuro común: El informe de la Comisión Mundial sobre el Medio Ambiente y el Desarrollo. Oxford; New York: Oxford University Press.

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