Ser joven y ser líder es una combinación que, durante mucho tiempo, ha resultado difícil de asimilar. A nivel histórico, el liderazgo se ha asociado con la edad: a mayor trayectoria (llámese edad), mayor legitimidad, se ha creído, para guiar. Y, en parte, esta idea tiene fundamento. La experiencia aporta perspectiva, criterio y la capacidad de aprender del ensayo y el error, elementos imprescindibles en cualquier proceso de liderazgo.
La pregunta es, por lo tanto, inevitable: ¿por qué se sigue esperando que el liderazgo llegue con la edad, cuando los desafíos del presente no pueden esperar?
Esa visión tradicional ha venido transformándose de un tiempo para acá. Hoy por hoy, el liderazgo ya no se mide exclusivamente por los años acumulados, sino por la capacidad de actuar, de incidir y de movilizar. Se ha desplazado de una lógica centrada en el “yo soy” hacia una profundamente anclada en el “yo hago”. Una palabra de diferencia, pero vaya trascendencia en su cambio.
La agenda del hoy, marcada por desafíos sociales, tecnológicos (y acá la inteligencia artificial juega un papel preponderante), culturales, geopolíticos y económicos cada vez más complejos e impredecibles, exige la participación activa de agentes de cambio en todo momento, capaces de leer el tiempo en el que se vive, proyectar lo que ha de ser el futuro y responder con decisión. Y para ello, no ha de haber una edad mínima ni máxima.
Durante años, a los jóvenes se les ha pedido una debida preparación para liderar, pero pocas veces se les ha permitido hacerlo. Se les forma “para el futuro”, pero, en ocasiones, se limita el presente. Comprender que el liderazgo no puede medirse únicamente en términos cuantitativos, entendido ello a nivel de cifras, cargos o resultados numéricos, sino también desde una dimensión profundamente cualitativa, a saber, de impacto, propósito, capacidad de movilizar e inspirar, constituye un llamado necesario, prioritario, conducente y pertinente para la academia en su relación con los estudiantes jóvenes del hoy.
Ello implica, sin duda, el replantear la forma en que se les observa, se les evalúa y se les acompaña: no como actores en formación que “algún día” liderarán, sino como protagonistas del hoy, con la capacidad real de incidir en su entorno. En esa medida, reconocer el valor del liderazgo juvenil supone también confiar, abrir espacios y fomentar escenarios donde las idea pasen a ser acciones trascendentales para el cambio.
Ver en los jóvenes el presente, es asumir que la transformación no está en pausa. Es entender que, desde el salón de clases, un lugar seguro por definición, ya se están gestando cambios profundos y significativos y que, al potenciarlos, se contribuye, de forma directa, a un propósito mucho mayor: dejar el mundo, efectivamente, mejor de como se ha encontrado.
En mi caso, un viaje exprés a México para recibir una condecoración no fue solo un reconocimiento, sino una reafirmación profunda y marcada de mi propósito como docente y como ciudadano: seguir aportando a la construcción de país, asumir con responsabilidad el rol de agente de transformación y encontrar, en la educación, un vehículo privilegiado para sembrar un mensaje en quienes no son únicamente los líderes del mañana, sino, con total convicción, los del hoy.
Sueño con un liderazgo juvenil que entienda la fuerza de lo colectivo, que encuentre en la construcción conjunta no solo un método, sino una fuente completa de inspiración y de producción de resultados tangibles. Un liderazgo que trascienda la lógica del “yo” para apostar por el encuentro o, en otras palabras, por el “nosotros”, por la capacidad de convivir y de construir en colectivo. Al final, de eso se trata: de ir más allá de simplemente pasar por el mundo y, en cambio, asumir el compromiso de transformarlo.
En la cátedra académica, ergo, educar a los jóvenes en liderazgo implica mucho más que transmitir conceptos: es generar incomodidad, resiliencia al cuestionamiento y apertura por espacios donde equivocarse también sea parte del proceso de formación integral. Cierro indicando que el liderazgo no es una promesa futura: es la responsabilidad del presente y los jóvenes están llamados a ello.
Escribo estas líneas en el vuelo de regreso a Colombia, tras mi paso por la Ciudad de México, donde tuve el honor de recibir el Premio Jóvenes Líderes en el marco de la Cumbre Internacional de Jóvenes Líderes, organizada por la Fundación Jóvenes Líderes. Es, quizá, la cumbre más grande (por número de invitados y cantidad de asistentes) de su tipo en toda Latinoamérica. Allí compartí con figuras como Daniel Servitje, CEO del Grupo Bimbo; Laura Gil, secretaria adjunta de la Organización de Estados Americanos (OEA); Paola Longoria, destacada raquetbolista; Ivana Millán, reconocida como una de las 100 mujeres más poderosas de México según Forbes, Ninfa Salinas, empresaria de amplia trayectoria, entre muchos otros destacados líderes de toda la región.
La experiencia fue profundamente significativa. Dejar en alto el nombre de Colombia es un propósito que me acompaña desde que soy niño, y cada logro en esa dirección se siente como una pequeña, pero sincera, forma de retribuir al país que me vio nacer y crecer.