Cinco barreras que todavía enfrentan las mujeres para ejercer el poder en América Latina

Cinco barreras que todavía enfrentan las mujeres para ejercer el poder en América Latina

today 22 Sep 2026

“El derecho a la mediocridad”, con esta idea Laura Gil, secretaria general adjunta de la Organización de los Estados Americanos (OEA), abrió su intervención en el panel La importancia de la mujer en las posiciones de poder en América Latina, durante el VI Encuentro Anual de Liderazgo en Juntas Directivas del CESA.

Para la experta, este derecho no significa reducir los estándares ni defender la incompetencia. Significa que las mujeres puedan ser evaluadas con los mismos criterios que los hombres y que una equivocación individual no termine convirtiéndose en un juicio sobre la capacidad de todas las mujeres para ejercer el poder.

Desde esta perspectiva, identificó varios obstáculos que todavía condicionan el acceso y el ejercicio del poder femenino en América Latina:

La exigencia de ser extraordinarias para ser consideradas legítimas

Gil cuestionó que durante décadas se haya justificado la presencia de las mujeres en posiciones de decisión bajo el argumento de que ellas son más honestas, empáticas, responsables o capaces de construir consensos. A su juicio, las mujeres no tienen que demostrar una superioridad moral para tener derecho al poder. Son la mitad de la población y, por esa razón, las decisiones que organizan la vida de la sociedad no pueden tomarse sin ellas.

El problema aparece también frente al error, pues, en general, mientras el fracaso de un hombre no suele utilizarse para cuestionar la capacidad de los hombres, cuando una mujer se equivoca en un cargo de decisión, su actuación puede convertirse en una advertencia sobre los riesgos de confiarles poder a las mujeres.

Por eso, sostuvo que el verdadero avance llegará cuando una mujer competente pueda ejercer el poder “sin que cada equivocación se convierta en un juicio contra todas las mujeres”.

Estar en una junta no significa necesariamente tener poder

Para ella, contar cuántas mujeres ocupan una junta directiva es apenas una parte de la historia. “Contar mujeres no es contar poder para las mujeres”, afirmó.

Una mujer puede ocupar un asiento y, sin embargo, quedar por fuera de las conversaciones decisivas, recibir información cuando las decisiones ya fueron negociadas o no participar en los espacios donde se define la estrategia, las auditorías, los nombramientos o la remuneración.

Por eso, la pregunta no debe ser solamente cuántas mujeres integran una junta, sino qué lugar ocupan dentro de ella: quién fija la agenda, quién controla la información, quién preside los comités, quién puede pedir que una decisión se aplace y quién es escuchado cuando advierte un riesgo.

En su intervención, Laura Gil señaló que en América Latina apenas 14 de cada 100 asientos en juntas directivas están ocupados por mujeres, mientras que en Estados Unidos son casi 31 de cada 100. También señaló que apenas una de cada 100 máximas posiciones ejecutivas en la región está ocupada por una mujer.

Las redes de poder siguen definiendo quién llega a las juntas

Otro de los obstáculos está en la manera como se conforman las juntas directivas. Según Laura Gil, estas no se integran principalmente mediante procesos formales o convocatorias públicas, sino a través de conversaciones privadas en espacios reducidos.

“Mucho antes de que una mujer aparezca en una lista, alguien tiene que haber pronunciado su nombre en una sala en la que ella no estaba”, planteó.

Por eso, consideró necesario ampliar las redes en las que circulan los nombres, revisar los criterios utilizados para determinar quién genera confianza y dejar de confundir familiaridad con mérito.

Para quienes ya tienen poder, esto implica una responsabilidad concreta: hacer visibles a otras mujeres, recomendarlas y abrirles oportunidades. En ese sentido, estableció una diferencia entre una mentora y una verdadera aliada: mientras una mentora aconseja a una mujer cuando está presente, una verdadera aliada “pronuncia el nombre de esa mujer cuando ella no está en la sala”.

La carga desigual del cuidado también limita el acceso al poder

Gil llamó la atención sobre una dimensión que suele quedar fuera de las conversaciones sobre liderazgo: el tiempo.

En América Latina, afirmó, las mujeres dedican casi tres veces más que los hombres al trabajo doméstico y de cuidados no remunerados. Esto tiene una relación directa con las posibilidades de acceder y ejercer posiciones de poder, que requieren tiempo para estudiar, viajar, construir redes, aceptar reuniones de último minuto, cultivar reputaciones y asumir responsabilidades en momentos difíciles.

Por eso, sostuvo que las políticas de cuidado no son concesiones, sino infraestructura económica, porque determinan quién puede trabajar, quién puede ascender, quién puede aceptar un nombramiento y quién tiene tiempo para ejercer el poder.

“Si unas personas llegan a las competencias solas y otras llegan cargando sobre sus hombros la vida cotidiana de sus familias, la igualdad de oportunidades siempre va a terminar siendo una ficción”.

A las mujeres todavía se les cuestiona ejercer la autoridad

Para la secretaria general adjunta de la OEA, existe una contradicción entre querer mujeres en posiciones de decisión y, al mismo tiempo, incomodarse cuando ejercen plenamente el poder que esas posiciones les otorgan.

El hombre ambicioso, explicó, suele ser asociado con la determinación; en una mujer, la ambición puede interpretarse como una falla moral. Un hombre firme tiene carácter; una mujer firme puede ser considerada difícil. Un hombre con voz propia es independiente; una mujer con voz propia puede ser vista como conflictiva.

Frente a esto, reivindicó el derecho de las mujeres de ejercer autoridad, defender su propio criterio, hacer preguntas difíciles, decir que no, tomar decisiones impopulares, equivocarse, corregir y continuar.

Para Laura Gil, el verdadero propósito de que una mujer llegue primero a una posición de poder no es demostrar que una mujer extraordinaria puede hacerlo, sino contribuir a que la siguiente no tenga que ser extraordinaria para llegar.

En Colombia se ha avanzado: la participación de mujeres en juntas directivas pasó del 15 % en 2018 a casi 25 % actualmente. Sin embargo, advirtió que el avance no es inevitable: más de un tercio de las empresas de la región todavía no tiene una sola mujer en su junta.

La tarea, entonces, no termina cuando se cruza una puerta. Quienes han logrado acceder a espacios de poder tienen la responsabilidad de decidir qué hacen con esa puerta después de atravesarla (si la cierran, si la dejan entreabierta para unas pocas o si trabajan para retirar los obstáculos que hicieron necesario que las primeras mujeres fueran excepcionales).

“Necesitamos que el poder deje de tener sexo”, concluyó. “La democracia no necesita mujeres perfectas. Las empresas tampoco. Necesitan mujeres libres”.

Su llamado final a quienes participaron en el encuentro fue concreto: la próxima vez que estén en una reunión donde tengan un lugar, pronuncien el nombre de una mujer que todavía no lo tenga.

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