Más de 889.000 colombianos habitan los municipios del Litoral Pacífico con índices de pobreza multidimensional que van del 67 % al 95 %. Y aun así, producen profesionales que logran graduarse en las mejores universidades del país.
El Chocó es el caso más elocuente: el 63.8 % de sus docentes tiene formación profesional o licenciada — 26 puntos por encima del promedio nacional. En Colombia existe una verdad que todos conocen pero nadie ha medido: en casi cualquier universidad del país hay un maestro chocoano. El Chocó exporta talento docente a toda Colombia — y sin embargo sigue siendo uno de los departamentos más olvidados.
Los programas sociales han ayudado. Es justo reconocerlo. Pero solos no son suficientes. Falta algo que ningún gobierno ha resuelto: ¿a dónde van esos profesionales cuando se gradúan?
Se van. Porque no hay dónde quedarse
Hay algo que revela mejor que cualquier estadística el lugar que ocupan estas regiones en la agenda nacional: no existe en Colombia un registro consolidado que permita saber cuántos profesionales nacieron en Buenaventura, en Quibdó, en Tumaco — o en cualquier municipio de la Colombia apartada, e incluso ni de las principales ciudades del país. El sistema registra dónde está la universidad, no de dónde viene el estudiante.
En cualquier empresa medianamente organizada, los sistemas de información permiten rastrear el talento y tomar decisiones basadas en datos. Un país que no sabe de dónde viene su talento no puede diseñar políticas para retenerlo ni llevarlo de vuelta a donde más se necesita.
Eso no es un problema técnico. Es una decisión política
Esta es la verdad que ningún candidato ha dicho con claridad: la transformación real de las regiones no llega solo con subsidios. Llega cuando el tejido empresarial entra — con voluntad, incentivos y condiciones construidas entre el Estado, el sector privado y la academia.
La evidencia está en el país. El Eje Cafetero se transformó con empresa e infraestructura. Medellín pasó de 381 homicidios por cada 100.000 habitantes en 1991 a ser elegida la ciudad más innovadora del mundo en 2013 — hoy contribuye con el 20 % del PIB nacional. No fue magia. Fue la decisión sostenida de que el sector público, la empresa privada y las universidades construyeran juntos las condiciones.
El mundo también tiene ejemplos. Singapur pasó de un PIB per cápita de 500 dólares en 1965 a más de 56.000 hoy. En el sur de Chile, la industria salmonera transformó regiones que nadie veía, hoy el desempleo allí es la mitad del promedio nacional.
El Pacífico colombiano tiene vainilla única en el mundo, colorantes naturales con patentes biotecnológicas, oro, platino, cobre y biodiversidad que las economías verdes del siglo XXI van a necesitar. Tumaco y Buenaventura producen el 65 % de la pesca nacional. Buenaventura mueve más del 60 % de las exportaciones del país.
Todo esto existe. Lo que falta es la decisión de crear las condiciones para que la empresa lo active
He acompañado la creación de empresas en la región. He visto cómo las materias primas llegan a Buenaventura con precios disparados por el transporte fluvial, la gasolina que cuesta el doble y los 'impuestos de guerra' de grupos ilegales. He visto cómo el intento de instalar operaciones en esos municipios choca con la extorsión y la ausencia del Estado.
Donde el Estado no llega con condiciones, las economías ilegales llenan el vacío. No hay competencia posible contra quien no paga impuestos y opera con violencia.
¿Quién compite con eso?
Lo que le pido al próximo presidente es concreto:
Reducir el costo de hacer empresa en las regiones con incentivos tributarios reales, el modelo ZESE de Barrancabermeja debe replicarse. Invertir en conectividad como condición previa, no como promesa. Mejorar las condiciones de vida de quienes ya habitan estos territorios, no solo para atraer ejecutivos de afuera, sino porque esas comunidades lo merecen. Y construir un sistema de información que cuente a todos los profesionales según su ciudad de origen. Porque lo que no se mide, no se gestiona.
Sobre todo: que quienes diseñen y ejecuten estos programas conozcan el territorio desde el arraigo. Los profesionales que nacieron y se criaron en estas regiones no son una cuota de inclusión. Son una ventaja estratégica que el gobierno todavía no ha sabido aprovechar.
Educación hay. Talento hay. Recursos hay. Ubicación estratégica hay.
Lo que falta es la decisión articulada entre el Estado, el sector privado y la academia de combinarlos. Las regiones apartadas no son el problema de Colombia. Son su mayor oportunidad.
Por Saheddi Hinojosa Perea - Ingeniero Industrial · Especialista en Innovación y Desarrollo de Negocios · Máster en Creación de Empresas · Consultor Estratégico · Embajador H